18 de julio de 2017

Catálogo con espejo

Entrega garantizada en menos de 24 horas
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El síndrome del turista empoderado, el síndrome de tolerancia vicaria, el síndrome de la churra amerinada (y viceversa), el síndrome de la burbuja empanada, el síndrome del inventor de síndromes (morbilidad por las nubes), el síndrome del jilguero gilipollas, el síndrome de la cabra carnívora y sin monte, el síndrome del vertiginosos alpinista, el síndrome del amor a medida, el síndrome del banco al sol ligero, el síndrome del boxeador costurero, el síndrome de Heidi cagando, el síndrome de la trucha de cloaca, el síndrome del ascensor sin botones, el síndrome del anaquel que sonríe, el síndrome del angelito frito, el síndrome de la alberca con barracudas, el síndrome de la voz cuesta abajo (también: de mutismo selectivo sin criterio), el síndrome del cuervo con aliento de canario, el síndrome del poeta primorosamente uniformado, el síndrome de la bocina con estos pelos, el síndrome de la libertad duradera, el síndrome de la teta con dientes, el síndrome de la oreja de mar con otitis, el síndrome de la perla que pasa desapercibida (también: del diamante por pulirse), el síndrome de la estaca amable, el síndrome de la bruja me sigue pero no me toca, el síndrome de la masculinidad funambulista (también: de no haber hecho la mili), el síndrome de haber nacido ayer (independiente de la fecha de nacimiento, también: de no hay guindos suficientes en este mundo).

El síndrome de todos los síndromes: el del chiste del predicador, el relativista y tú.

Este es mí producto para un mundo lleno de potenciales pobres compradores
he patentado estos males porque
espero hacerme rico, como la miel, imprescindible, que me tiren flores
espero que me crezca la chorra para que los míos, vosotros, podáis subir al cielo abrazados a ella
espero que la gente se canse de morir de cáncer
o de pinzamiento en el quilómetro quince, la niña bonita
muerta de uno de mis espasmos a medida
espero que la gente acate estas nuevas muertes, que se desviva por los infiernos que traigo

Inventor, emprendedor, encendedor mejor que mechero, y coleccionista de corbatas
lo tengo todo para tus vástagos alicaídos
soy el futuro asegurado, sé dónde están los desvanes en los que guardáis las vergüenzas y los hijos deformes
Licenciado en gritos pulcros, en colibrís hipodérmicos, en palabrería de eunuco con megáfono
sé de discursos tautológicos, los recito, nudos marineros con la lengua. Sé comerme
mis palabras cuando un dios mayor me lo manda
Experto en modas, modismos, escorzos y contorsiones. Me adapto bien a todos los climas, no tolero bien las temperaturas pensantes, duermo a la parrilla para que huelas mi carne

Vengo a aprovechar este diluvio universal de ingenuos
Vengo a despertar vuestra codicia, eso que llamáis oración o destino
Vengo a despertar el hambre que no se sacia, el ego que no se cansa, vengo para
patada en la puerta
y traer una vida larga y arrastrada y gastarla, con uñas y dientes, poniendo lazos en vuestras paredes de miseria

Esta es mi oferta:

Si usted no baila, otro querrá elegir su muerte

11 de julio de 2017

diminutillos

247.

En nuestro pequeño exterminio diario
de ideas
a veces se nos olvida y se escapa
la humanidad

Lejos de los caminos crecen
otras vidas, otros trajes


4 de julio de 2017

Uno menos en la pila...

Parece que el verano ya no está dispuesto a traicionarse a sí mismo. Aquí me ando en mi cubil al que no puedo más que calificar de revolcaero y eso es bueno. Es bueno que me sienta tan cómodo como para arreglar a mi gusto este cuartucho que el Calvo me paga cada mes. La verdad que al principio no me convencía esto de estar a pie de calle, vivir en un bajo te ayuda a hacer amistades y enemigos pero te quita mucho de intimidad. Uno quiere estar
El suelo de mi revolcaero tras una sesión
de escritura
seguro de que nadie le mira cuando se rasca el mondongo o se quita los parásitos para elaborar un bonito collar de piojos (en la nevera aguantan meses y meses, ventajas de la vida moderna). El caso es que no estoy mal del todo, ya tengo llaves para entrar y salir, las vecinas me tiran fruta por la ventana y ya no se espantan cuando me oyen hablar o les lanzo piropos tipo «esbelta como un termitero, árida como una acacia, eres la sabana anocheciendo». Alguna incluso me ha dicho que me deje de pollás innecesarias y de antiguallas de monos retrógrados, que si quiero ser un primate adaptado lea más y aprenda las implicaciones de mis zalamerías meridionales. La verdad es que le he hecho caso y me he puesto a leer, no solo por esa curiosidad, no solo por ser mejor mono, sino porque aquí no hay quien salga a la calle hasta bien entrada la noche y porque me gusta espatarrarme a mis anchas, vagar por mi cuarto, escribir un párrafo, meterme un albérchigo en la boca y escupir el hueso, dar unas caladas al cigarro, pensar una metáfora, cagarla al llevarla al papel y repetir. Parece que tengo un método, y la ventana abierta a todas horas, a pesar de las rejas que me ponen un poco histérico, me recuerda que pronto podré salir a pasear, a intentar cazar un pato en la dársena del río o a perseguir perros prognatos por la orilla. La verdad es que me he adaptado de puta madre, creo que se nota.

En fin, como os digo, he leído ya mucho, mi tiempo es para eso. Pero antes de que esta transformación milagrosa, de primate atemorizado por la novedad a un nota más de mi barrio, se obrara también leí algunos libros que el Calvo me facilitó. Mucha guía de adaptación a mi nuevo entorno, y yo se lo agradezco, pero hasta que no he practicado de nada me han servido títulos como El ángulo perfecto de la muñeca en el baile por sevillanas, Como sobrevivir a la Semana Santa (una guía para extranjeros), Diccionario sevillano de modismos y demodismos y, sobre todo, Guía de tascas, tugurios y toboganes, esta última sí que me ha sido de mucha utilidad y siempre la llevaba conmigo en mis primeros y timoratos paseos por estas aceras llenas de mojones de perro y miarmas.

Al turrón de verano, turrón de gazpachito. El Calvo también me pasó algunas lecturas de ficción, una de ellas me dejó bastante tocado, por extraña y porque se trata de uno de esos librillos, es de corta extensión y largo aliento, que tienen el carné de minería fina, porque se te ponen a excavar en el pecho y llegan hondo: que te dejan como un queso gruyer de esos, vamos. Se trata de Los perales tienen la flor blanca de Gerbrand Bakker y editado por Rayo Verde (que ha sido uno de los descubrimientos más agradables de mi recién estrenada ciudadanía de mi bloque).

Mi llegada a esta pequeña maravilla fue a través de la web Libros Prohibidos, el Calvo me dijo, échale unvistazo a este enlace, y allí que me fui yo, deseoso de ocupar mi tiempo con buenos libros. Pues la verdad es que la reseña me convenció y no puede más que confirmar después mucho de lo que en ella se adelantaba. Seguro de que iba a leer una buena historia y con el picor del lector desatado le dije a mi patrón que sí, que me lo pasara y estas son mis impresiones:

Lo primero que llama la atención es la alternancia de narradores, con una presencia extraña de un narrador raruno en primera persona del plural. Un nosotros que se encarna en dos gemelos que cuentan lo que ven. Magnífico.

El estilo austero, que de primeras puede chocar, pero enseguida se da uno cuenta de que hay chicha detrás de las sentencias cortas y los diálogos lacónicos. Esto da lugar a un doble plano narrativo de lo más enriquecedor.

He aquí al autor, extasiado
Tiene un humor seco que no te hará reír a colmillo partido, pero que dice mucho de los personajes y que casa a la perfección con la contención general del tono y las psicologías de los personajes.

Qué más... ah, sí, más de las voces narrativas: infantiles y perrunas. Sí, hay un perrete, lo que siempre da aliño a la historia y sirve para conectar al lector con lo emocional (es que los humanos estáis fatal de lo vuestro, solo queréis cachivaches del teletienda y se os olvida que la vida es sentir y hacer). Estas voces, decía, permiten al autor contar la historia desde una inocencia nada neutra; y es que se ve a la legua que, tras una tragedia inicial, la cosa se encamina hacia un desenlace ominoso.

Se trata de una historia de pérdida y de cómo adaptarse a ella. En este sentido muy apropiada para los traumas de infancia y adolescencia. Sería una gran lectura para vuestros cachorros onanistas, porque les mostrará sus falsos sufrimientos al que no tiene motivos para la queja y a afrontar las cosas como vienen al que haya sufrido una pérdida importante. Gerson, el prota, pierde todo menos las llaves de casa, pobre.

También se nos habla de percepciones subjetivas del mundo y lugares distintos desde el que vivirlo. Libro intenso, durillo e ideal para desengrasar los lacrimales y las molleras endurecidas con tanto realiti y júrgol.

Pero no esperéis que os lo pongan todos por delante, señoritingos, que sois unos señoritingos e ingas. Aquí lo que os va a hablar es el silencio y las omisiones, en ellos está el valor de esta novela, en lo implícito. Tras su estilo contemplativo y en apariencia frío, tras las frases entrecortadas y los personajes apáticos, se abre un mundo que, desde mi ventana lo veo todos los días, los humanos tenéis abandonaito.


Leche, no os he adelantado nada del argumento, sé que esto quizás estaría mejor arriba, pero bueno, aquí lo casco. Esta obra gira alrededor de Gerson, ya os he dicho que a esta criatura se le da de cine perder; de su visión (es una broma cruel, ya veréis por qué lo digo si leéis el libro) del mundo después de todo lo malo que le sucede. A su alrededor, su familia: sus hermanos Klaas y Kees, su padre y el perrete, Daan; que intentan ayudar y entender a Gerson. De los pequeños logros de este, de sus fracasos en adaptarse a la nueva situación vital tras la tragedia y de las dinámicas viciadas de comunicación extrae el narrador su historia y qué historia. Deberíais leerla que os veo con las tuberías sentimentales atascadas.

Palabra de mandril.


27 de junio de 2017

diminutillos

246.

Se pueden vestir de naturaleza
los pinos
Acercamientos-diminutillos-cresta-del-galloSe puede desollar la ladera
de rocas
Se puede dejar que crezca 
a su aire

Se puede decir que parece 
el lugar
momento
o sueño

Pero nunca lo dicho 
dará piñones o musgo o descampado
decir no creará
si solo asiente

22 de junio de 2017

Uno menos en la pila...

Pues he vuelto. Ahora me llaman el funcionario, me lo llama el Calvo. Y es que nada más colgar en el blog este mi primera reseña sobre Walden, me tuve que volver a mi pueblo porque asuntos familiares me reclamaban. Me pedí una excedencia nada más entrar a trabajar, como un señor. ¿Los asuntos? Nada serio, varios hijos ilegítimos y una denuncia por dejación de funciones: yo iba para jefe del clan, soy de rancio abolengo (más lo de rancio). Pero qué hacía un sucesor digno de su padre, Pacote, ejemplar cabeza visible del grupo familiar durante años que, con mano dura nos condujo a una pseudocomodidad confiada muy parecida a lo que aquí llamáis Estado de Bienestar; que hacía el sucesor de Pacote subido a los riscos y leyendo ciencia ficción en vez de estar pegado a la almorrana paterna, signo de distinción entre los míos, aprendiendo el oficio de mandamás. Pero es que yo quise
Remedios
mandar menos, pasar desapercibido, me hice amigo de las hienas (animales nobles a los que aquí habéis afeado el nombre), no me dejaba desparasitar por cualquiera... Vamos, que no cumplía con lo que se espera de un príncipe. Pero no quise matar al padre, cualquiera se atreve con el genio que gasta, ni ser el único individuo que se lavaba en el río. Por eso me vine cuando el Calvo me lo propuso, no encajaba allí, pero son mi familia, y volver, aunque haya sido para solucionar marrones, me ha venido bien para reconciliarme con quién soy y para conocer a mis hijos. Porque por lo visto, es que para lo que quiero soy muy moderno, pero para el tema del coito: de lo más tradicional. Aproveché la convención solcial y los privilegios que tenía como príncipe mandril y abusé de la buena de Remedios, mi mona gemela (discutiremos de si los mandriles tienen alma en otra ocasión): inadaptada, inteligente, independiente; la única a la que dejaba comerse mis piojos al atardecer mientras leía Congreso de fututología, por poner una de las obras en las que me gustaba enfrascarme antes de venir aquí. Total, que le prometí la luna, le dije que cuando fuera jefazo lo cambiaríamos todo, pero cuando vi la puerta abierta para la huida me comporté como un carajaula, ahora lo veo, y la dejé allí con los que son mis hijos, unos monetes monísimos. No es que Remedios me necesite para nada, pero digamos que las condiciones que ha tenido que soportar por mi cobardía no han sido muy agradables.

Pero ya está solucionado. Lo de la dejación de funciones está arreglado, votarán un sucesor. El novedoso sistema democrático los tiene revueltos, pero no voy a quejarme porque ya nadie me obliga a asumir ninguna función que no quiero. Lo de Remedios, pues irá para largo, de momento le he dicho que aquí está su casa, que se venga cuando quiera, y ella, con razón, me ha dicho que ya verá lo que hace, que soy para ella un completo desconocido y que aun así me toma la palabra y me acepta las llaves del piso, pero solo para venir de visita, que no me haga ilusiones. La espero pronto porque tenemos que decidir cómo llamaremos a las criaturas, de momento nos referimos a ellas como los Indeterminados.

En fin, ya sé que esto no es un espacio para contaros mi vida, pero es que necesitaba soltar lastre. No os preocupéis que ya mismo hablamos del libro que he leído. Quiero cambiar mi temperamento impulsivo y que algún día se me conozca por mis comentarios sobre literatura humana y no por mis telenovelescos asuntos personales.

Solo una aclaración más, relacionada ya con el funcionamiento de mis entradas. El Calvo, muy comprensivo él, me ha cedido el control total del espacio. No sé a qué ha venido este bandazo, con lo controlador que era al principio, no sé qué de que tiene que dejar de aferrarse a las cosas y que quiere ser un hombre nuevo. Bueno, que le vaya bien, a mí con que me siga pagando el piso y me de libros que leer... En definitiva, que esto ya es mi espacio personal. He sido ascendido de plumillas sin firma a mono serio y sesudo.

Vamos ya con el libro, hoy os traigo Perdiendo pie, escrito por M.M. Vallés y editado por Triskel Ediciones. En él encontramos a Santiago Carvajal, un poli que no está atravesando por su mejor momento, problemas familiares que no os voy a contar —a pesar de sentirme muy identificado por lo que arriba os he dicho— porque son parte del descubrimiento que tenemos que hacer de la personalidad y mecanismos mentales de este buen hombre, porque es bueno, lo que pasa es que anda una miaha (se me empiezan a pegar localismos) perdido en la vida. Resulta que Santiago tiene que acudir al levantamiento de un cadáver, el de Esther Revuelta (lo que leeremos después justifica de sobra el apellido elegido por la autora). Cuando ve los ojos sin vida de la muchacha todo se va a la porra, una porra que será tratada con minuciosidad, diseccionada, que iremos conociendo poco a poco, hasta el más mínimo detalle; una porra fría, endurecida y rasposa que no pasa ni con cal viva, intragable para el pobre Santiago.

Esta es una novela cuesta abajo y sin frenos. Asistimos a lo que creemos al principio una elegante narración de género negro. Pero enseguida vemos que no, que la trama policial es secundaria, que hay una investigación pero que no puede ser que Santiago la lleve de forma tan cochambrosa. Tenemos ganas de gritarle: ¡quillo, ya está de bandazos, céntrate! Pero vamos descubriendo que esto no es, para nada, una novela de detectives al uso, que es solo la piel con la que M.M. Vallés la ha querido disfrazar. Y es que no es normal la obsesión del protagonista por esos ojos y esa chica. No es sano como se esfuerza, a costa de su vida y su trabajo, en desentrañar los secretos de Esther. Demasiado ofuscado todo, demasiada poca acción, nos decimos, para tratarse de una novela de polis. Dónde están los tiros, los golpes en la nuca en callejones oscuros, las revelaciones de bajos fondos, la sordidez...; bueno, de esto hay bastante y muy bien dibujada por la autora. Se nos presentan mundos chocando: clases altas sin escrúpulos, barrios oscuros, trabajos de mierda, padres negligentes (¡viva el eufemismo!)e inocencias robadas. Lo dicho, todo cuesta abajo, anticipación pura y dura de lo que parece un desastre. Pero veremos que esta estructura tiene una justificación, que el tono a veces arrastrado y sin pulso, que creo es intencional y que favorece y nos lleva al final que lo desvela todo (en esto si sigue un patrón de género), es el que tenía que ser usado, que todo sucede por una razón en este Perdiendo pie.

Este entramado, esta historia de un hombre que se derrumba, esta gota que colma el vaso en el alma de Santiago, que de vasos colmados sabe un rato, se apoya en una prosa cuidada, puntillosa, elegante y por momentos algo aséptica. Una forma de escribir más propia de una novela introspectiva, del monólogo interior. Pero todo este juego tiene su porqué: incidir en sentimientos, pensamientos y traumas; siempre desde el punto de vista del personaje principal. De él vamos conociendo su camino de perdición y comprendemos por qué la novela se arma así, apoyada en un aparente engaño para el lector. Esta prosa derrotista, que a veces atasca la lectura, casa a la perfección con el espesito de Santiago, nos ayuda a ver como se arrastra por su vida, como se acerca a la llama que le churruscará los pelos de la nariz.

En definitiva, Perdiendo pie es un juego narrativo, una historia viscosa de un hombre que baja al sótano tres del Corte Inglés (el infierno a pellizcos), un guiño narrativo al lector que asiste con morbo y palomitas al hundimiento en HD de este personaje-narrador que nos dijo que era un policía de lo más serio y comprometido.

Se lee fácil, tiene una capacidad de penetración psicológica asombrosa y además está editado por una editorial necesaria que nos trae voces nuevas desde su espacio independiente. Vamos, que la recomiendo.

Palabra de mandril.