17 de enero de 2008

Comienzo

Las yemas arrugadas del recién nacido, el escozor en los ojos, el llanto atronador. Mientras que habla un muerto Ángel González yo intento ser la matrona de mi propio renacer. Intento tomar ejemplo de él que supo ignorar lo evidente y acariciar desde dentro otras pieles, de él que supo disecar el torrente del agua, que supo despertar curiosidad entre los hombres de bombín y hebras de humo, lo intento pero sólo se escucha el llanto que reclama un espacio diminuto, un lugar en este desvanecerse, en este adentrarse más y más en lo desconocido.

Húmedo, tembloroso, satisfecho, mastico la soga que une mi ombligo con ese Víctor que duerme para no despertar.

Excitado, nervioso, brillante. El chirrido de la puerta que se abre y ya no corro pasillo abajo, me quedo ahí, esperando, negando la posibilidad de revisar las manchas dejadas a modo de testamento por mi sangre mentirosa. Esperando a que la luz se dibuje en el quicio, a quedarme ciego y avanzar a tientas palpando con la punta de mis dedos los troncos de los olivos. Esperando desbrozar con más ensayos que errores las ansias de ser semejante al que gritaba intenciones en brazos de una madre atónita.

En este bautismo de mañana sin importancia apoyo mis ganas en la condición espesa de las cosas, sólo para poder ponerme en pie, para aprender lo que es el equilibrio mientras mamá se come la placenta y el arnés de seguridad. En este comienzo hastiado comienzo a atisbar la condición huidiza de los deseos.

Lloro de esperanza y río de insatisfacción.

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