26 de abril de 2008

Arrullos -fragmento-


3.

Releo la leyenda del rey justo,
toco los hilos podridos del pecho.
El niño precipitándose,
la madre con fango en los suspiros,
su crispada catatonia,
su lengua negra,
su figura tapando el azúcar y la luz.

Releo el cuento del mundo afuera derretido:
Irreal y desdibujado,
construido con arañazos,
licuado a fuerza de tanto giro.
Un mundo insuficiente,
destartalado, áspero, oxidado,
sumergido en veranos consecutivos.

Releo viejas historias varadas.
Al aire quillas y costillas
acarician esta agonía de cloaca.
Historias muertas en las playas de Namibia,
en la habitación clausurada,
en la palabra mágica emborronada,
en la posibilidad encapuchada sobre el patíbulo.

Releo y rebusco en mi rutina
de autobuses y ojos desecados por el sueño.
Son tantas raíces nervudas,
tantas sendas engullidas por la lengua de los jaramagos,
demasiadas palabras escritas sobre el rey Salomón.

Releo el relegado aliento de los párpados raídos.
Lo inimaginable, lo no imaginado.
Sonrío ante la probable ruina
del niño,
del poeta,
del medio hombre
incapaz de convertir el hondear de una palma sudada
en un atronador puñetazo de nudillos despellejados.
Incapaz de ser más que mitad defectuosa
a merced de un cuerpo plagado de bocas desatendidas.

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