12 de abril de 2008

Xilófono

Un corte limpio desde la nuez hasta el ombligo.
Tirando de los extremos de la piel abrí el pecho por el capítulo siete.
Descubrí mi esternón y mis costillas.

Y toqué con mi bolígrafo lo que debía ser una melodía salvadora.

Pero sólo sonó el humo de los hombros vencidos,
las migas mojadas en leche y sangre, los picos mojados en silencio.

Y toqué, anticipándome al descanso que se toma la vida entre muerte y muerte,
para comprobar si es verdad esa historia sobre la felicidad arrebatada,
esa leyenda que nos contaron sobre la sonrisa del hombre desgraciado.

Y toqué con mi bolígrafo la posibilidad de una sordera suave,
pero sonó el tacón contra el asfalto tirano,
los pasos esclavos levantando pirámides en el desierto de mi pecho.

Un final precipitado de sillas derramadas.
Cremallera y manta, me cubro con el latido de mi vergüenza.
Convierto en advertencia la cicatriz entre mi vientre y mi garganta.