6 de agosto de 2010

Desubicado.

Me pica algo de piel hacia dentro, una comezón de arterias desubicadas que mandan la sangre que el corazón bombea con pasmosa aleatoriedad siempre a destinos equivocados. Así la sangre de mis manos, destinada en origen al cerebro, hace que toque con sabia y despistada curiosidad asuntos importantes que olvido al instante y de los que apenas queda una marca inapreciable, restos de agua helada doliendo en la yema de los dedos. Esas señales difusas cobrarán sentido cuando mi cerebro sobresaltado beba el acierto casual en el suministro de sangre de un corazón por una vez atinado.

Soy un hombre confundido y encerrado, que añora el mar cuando observa sus uñas crecidas y los mostradores de pescado en el mercado. Un hombre acostumbrado a insultar a la inercia pero incapaz de retarla.

No estoy en el lugar al que pertenezco.