9 de diciembre de 2010

Tierra


Hoy que hace sol mi sitio está en un parque entendiendo el borboteo de la tierra que tardará aun varios días en secarse, observando sus escamas fangosas de anaconda enfurruñada. Dan ganas de palpar la tierra después de un tiempo prolongado de lluvias. Plantar la mano abierta en el lomo resbaladizo del reptil y estampar luego su negativo en todos los muros.
La tierra quiere secarse y volver a su discurso de siempre, él que aprendiste a no tomar muy en serio, palabras de polvo y carencia. Como las advertencias de un padre: no llegues tarde, no bebas, no salgas, quédate aquí protegido y seguro.
Entonces ya sabías, niño aun, que el mundo y la voz de la tierra seca no tenía mucho que ofrecerte. Por eso salías para inventar la lluvia que lava la realidad, los parques, te mojabas por dentro con el esmoquin de adulto arrastrando. Con las costuras abiertas, salías a buscar anacondas entre la grama ahogada, a desollar pieles de fango y descubrir la carne que late debajo, carne que aparece sólo si la invocas, carne que es tu carne.
Hoy, después de un periodo de lluvias prolongado, sigues yendo debajo de la copa del ficus gigante, calamar monstruoso que sin embargo tiende sus tentáculos amables para que te sientes sobre ellos, inclines la cabeza y dejes gotear tus ideas. Sigues escuchando tu voz rebotada en los azulejos de los bancos, rumor de otras realidades.
Hoy sol que no seca, que no agrieta las palabras que inventan, después del bostezo, usando tus bocas y tu sangre, una tarde que no existía y que ahora se extiende ante ti, pidiendo ser completada.