29 de diciembre de 2010

Romance entre andrajos.

Este amanecer moroso
de carne y alma,
de cunetas sin rastrojos,
de puños sin calma,
de fieras y piojos
saciados se sangrar,
sangrando despojos,
recogiendo babas,
aullidos tullidos de lobo,
tinta reseca de calamar.
Tétrica cosecha, estorbos
nacidos para derribar
las columnas de polvo,
los dientes y su concierto
de estallidos silenciosos,
la furia del pecho
extenuado, sin un soplo
de vida ni de muerte:
pecho abierto de muñeco roto
a este amanecer despierto,
escayolado, mudo y solo.
Enfrento la densa palidez,
la risa de los escombros,
el dolor que sube de los pies
y desgarra los hombros.
Escucho los llantos helados
de niños sin fondo,
de madres sin regazo,
de padres con pies de plomo,
de perros vientre de jaula:
ojos muertos y lacrimosos
buscan ristras de vida,
sólo hallan enojos.
En este desvelo de seres
que se roen unos a otros
huesos, semen y sonrisas;
pulpa, caricias sin escorzos.
En este espacio reducido
a suspiro de labios de ogro,
a batalla sin tregua,
sin paz, sin héroes, sin tronos.
En este caer interminable,
barruntan elefantes a coro
sobre las llagas abiertas,
bebo el despertar clamoroso
de los caminos enfurecidos,
cansados de arropar a los locos.
De los que huyen, huyo.
Por los que lloran, lloro.
De los muertos renazco
y grito por los silenciosos.
De este vivir intimidado
me alejo, me pierdo, me arrojo.