19 de febrero de 2011

El Observador

Pasa el llanto del platanero que se eleva hacia el cielo llenando el suelo de penachos anaranjados.
Pasa el batir de los jaramagos en el eslalon de las lagartijas buscando un refugio.
Pasa la vieja que en una mano lleva una comprita apenas suficiente para alimentar sus huesos y en la otra lleva dos huevos de chocolate que le han costado más que las cuatro rodajas de pescadilla para su cena ritual. Es sábado y mañana vienen los nietos y sus ojos brillantes miran a los huevos como si en ellos estuviera encerrado el secreto de la felicidad que tiene un sabor desconocido, que ella imagina en el paladar como frutas tropicales estallando.

Se me escapan tantas cosas por galopar en una queja continua que las que capturo me hacen enrabietarme.
Porque eso es lo que no tengo y con lo que estaría enteramente satisfecho. Esa capacidad de mirar y apreciar todos los pequeños detalles que merecen ser elevados de la monotonía y que hacen que las personas no sean simples pingajos de carne y malos humos.
Sería dichoso si se me asignara el cargo de narrador omnisciente que todo lo ve y lo sabe. No porque esté en mi mente, no porque sea fruto de la liberalización del mercado de dioses, sino por el hecho de saber deducir a través de los pequeños hechos invisibles la grandeza de la realidad. Así podría dejar de detestarla.

9 comentarios:

Susana dijo...

La vida es un conjunto de detalles aparentemente insignificantes. Yo desconfío de lo grandioso y de lo llamativo... así he aprendido a ser un poquito más feliz. Sólo un poco.

Grcias por tu reflexivo texto.

Un abrazo lluvioso.

maliae dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
de Avalon dijo...

yo diría que si lo tienes...
y de lo pequeño a lo grande vamos. ;)


abrazo friolero

(que no sé como cargarme el blog ese...)

Yo soy Joss dijo...

Pero si la narración iba muy bien, no entiendo la ruptura de la historia para pasar a una divagación donde anhelas justo lo que ya estabas haciendo en ese momento. La historia de los huevos de chocolate representa perfectamente la grandeza que existe en hechos invisibles. No nos subestimes explicándolo, deja de dudar y cuéntanoslo ya.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Susana, me parece buen consejo el tuyo, esa desconfianza hacia lo grandioso. A veces a mí me sucede lo contrario, que revisto de grandiosidad cosas para poder verlas, cuando cada cosa es lo que es, así habría que apreciarla para poder hacer que todo encaje.
Gracias por pasar.

De Avalon, puede que si lo tenga, pero nunca me parece utilizarlo a mi gusto. Pero claro eso ya es cuestión de patologías e inutilidades mentales propias.
Chica, para cargarte el otro blog dale al botón rojo ;)

Joss, tomo nota. No creo que sea por subestimar al que lee por lo que he cascado la segunda parte, supongo que me estaba hablando a mí mismo y claro...
Un beso canijo mío.

de Avalon dijo...

dime qué poema de la Peri Rossi i lo leere yo... vaaaaaaaaa ;)

Argax dijo...

Mierda (fea palabra), ahora no te se decir, tengo el libro en casa, en otra casa, en la de mis padres, bueno tu ya me entiendes.

Lee el que te parezca más sugerente y cochino y me lo dedicas.

desert rose dijo...

eres un observador avispado, con una flor en un ojal de la ternura.. te brindas y eres siempre tú, sincero

Víctor L. Briones Antón dijo...

desert rose, en primer lugar encantado de verte por aquí. Son muy bonitas las palabras que me dedicas, pretendo ser así, vivir observando pero mucho me temo que lo último que comentas, la sinceridad, no estoy seguro de estar a la altura de semejante concepto, al menos no todo el tiempo...

Un abrazo.