25 de mayo de 2011

Oídos

Necios porque tienen un mandamás derretido. Taponados porque hasta el más tonto de los tontos tiene instinto de supervivencia. Y aun me dejan acercarme al mundo tal y como es, lejos de ese gazpacho de los sentidos que me hace confundir realidad con una postal turística de Roma o con la imagen sin sonido del bombardeo nocturno de Bagdad.

Prefiero crear varias realidades y después ponerlas a conversar. Y que me llamen luego, para oír su acuerdo o para mediar en su guerra. Qué ellas se entiendan porque yo no tengo buenas manos para el pensamiento objetivo.

Tiesas su cara al público como las del gato, con movilidad infinita como las del murciélago. De qué sirve si el canal está obstruido por demasiados años de desconocimientos previos.

Necios porque se limitan a hacer su trabajo sin dejarse condicionar, que ya vendrán los recovecos de cuerpo para adentro para ir revistiendo de capas de seda o de arpillera todo lo que captan. Mis dolores de cabeza no son más que una mala digestión de las conversaciones en crudo.

Fiarse de lo que uno ve es poco más que un suicidio, tocar está mal visto, gustar sólo los potajes, oler sólo la pestilencia. Me quedan mis oídos y no sé cuanto tiempo resistirán hasta volver a taponarse.