6 de abril de 2012

Confuso

La cultura se afila, se agudiza, se convierte en una trampa para los que quieren permanecer ajenos al continuo voltear del mundo, para los que no quieren comprender ni que les expliquen lo que supone pertenecer a la única raza capaz de inventar su propia muerte.

En casa todo se alinea como de costumbre, con esa inmovilidad que es ungüento pero también amenaza. Sólo un par de mellados en las estanterías me indican que algo ha cambiado, que alguien ha venido, que yo estoy mirando.

En el mundo el sintagma ya es una plaza donde poner en práctica la desesperación y no un concepto inútil para adoctrinar mentes, las nubes son interpretadas según peregrinas teorías pro y contra situaciones que en nada les atañen, sólo son nubes, traen agua como siempre han traído y no presagios; no tienen intención ni capacidad volitiva, como tampoco la tienen las maderas de talla fina con los bajos apestando a sudor ni las gráficas de picos fijos hacia el cielo amenazando las gargantas que perdieron el grito ni yo mismo que cada día soy más un juguete en mano de mis enmarañados nervios y de las circunstancias.

Todo en el mismo ángulo en el que fue colocado, la silla cabeza abajo sobre la mesa de trabajo sembrada de virutas, el cenicero repleto de colillas aun, la agenda abierta con un tachón del que sentirse orgulloso, los imanes de la nevera, los latidos de las letras y las promesas de otras disposiciones posibles de las herramientas de la felicidad.

Cada año me obligo a no escribir en estas fechas porque puede escapárseme una opinión inoportuna. Al menos empieza a producirme la indiferencia del derrotado toda esta parafernalia de arte en las calles y de sentimientos florecidos, de chamanistas predicciones meteorológicas y llantos sobre el pecho ya mojado de lluvia.

Cada año caigo en el derecho inalienable a la pataleta, en la irredenta ira en bolsas recicladas, en una corrección que no sé muy bien quién me inculcó pero que está empezando a incomodarme, a mí, que creía que mi cinismo servía para algo o era tenido en cuenta por otros quizás demasiado ocupados en seguir sus programas de mano.

2 comentarios:

Salvador Navarro dijo...

La rebeldía interior, en dosis apropiadas, es buena receta.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Opino lo mismo Salva, pero cuando no se sabe utilizar bien linda con la Neura más espantosa.