6 de octubre de 2012

Circunstancias

Cuando entendamos que nadie debe ser criticado como consecuencia de sus circunstancias el mundo empezará a sanar. Cuando diferenciemos bien esas circunstancias entre las que constituyen una excusa para ejercer la moral arbitraria y las que son condición personal de cada uno, el mundo empezará a ser más comprensible.

Es mi circunstancia en esta vida ser homosexual y medir uno noventa. Eso es así. Utilizo esas circunstancias a veces para emitir quejas, obtener beneficios, dar pena, gustar o ser rechazado; esas son mis evasiones de lo real, las que me afean. Este es mi ejemplo. Todos tenemos el nuestro.

Pero para curar el mundo debemos con toda nuestra furiosa inteligencia escupir al rostro de los circunstanciales, de aquellos que amasan formas de despreciar a los demás sólo por ser lo que son, esos que fabrican excusas y embudos. Odiarlos con saña, apuñalar sus corazones con nuestros ojos limpios de su ardid.

Cuando dejemos de lanzarnos obuses descerebrados, de creer que estamos invitados a un juego en el que sólo somos carnaza, cuando nos situemos todos en el lugar del más pobre y puro; entonces morirán los infames y ya no sangraremos ni desangraremos más espejos, ríos ni cucharas. El mundo empezará a regenerarse y merecerá la pena haber sido hombre.

Pero antes deben morir consumidos por la ausencia de callejones traseros, de espacios en sombra donde anidan los silencios cómplices. Deben perecer por su idiocia derrochada y por ser tan circunstanciales que se creían que nuestra carne siempre iba a estar ahí para ser mordida, que nuestras ideas sólo son las que ellos nos han dejado tomar, que nuestra esencia les pertenecía.

Dejemos que mueran, empuñemos contra ellos la ignorancia y el reproche medido. Abramos las cajas polvorientas donde un día guardamos nuestra apoltronada libertad, seamos sus asesinos silenciosos como ellos, hasta que su ego estalló y comenzaron a pavonearse de sus habilidades predadoras, fueron los nuestros.

Qué mueran, qué queden arrinconados! Emparedados, como nosotros hoy entre nuestros sueños y el iluso amor, ellos entre lo que fueron y su inutilidad para ser otra cosa.

Creemos un limbo hambriento y volquemos en él sus cuerpos hasta que rebose, démosle a ese hambre sus vidas inútiles, amontonemos allí sus irrealidades viciadas. Después, cuando su presencia cese, tomemos conciencia del espacio que siempre nos estuvo aguardando y del aire de todos, por fin sin domiciliación bancaria.

Seamos, sin reproches a las circunstancias de cada cual, lo que hemos venido a ser. Porque lo que soy, lo que he vivido, lo que seré y lo que viviré no se diferencia apenas en nada de lo que fue y vivió ese ser tan pobre y tan puro que eres tú.