31 de diciembre de 2013

Conciencia

La conciencia cuesta más que una obra pública y como ésta a veces parece no tener función aparente. La conciencia se confunde con un estado de irritación y rabia que no es más que incomprensión, piezas alineándose, colocándose en su impreciso lugar adecuado.

La conciencia, interpretamos, es enemiga de la felicidad. Pero lo cierto que no es más que un paso adelante. Tras ese paso, cada vez que nos detenemos comprendemos mejor lo que nos rodea, lo relativo, la pérdida; comprendemos que es necesario adaptarse y para eso tenemos que sacudirnos el enfado y aceptar que casi nada depende de nosotros. Asumir que nuestras percepciones están mediatizadas pero debemos recuperarlas, que somos más importantes que lo que digan de nosotros, que lo que creamos que debamos ser para ellos, que debemos elegir a quién rendir cuentas: la elección más importante de nuestras vidas.

La conciencia es ese voluntario para una misión suicida. Si la abrazamos pronto nos damos cuenta de que algo ha cambiado y nos sentimos más sólidos, más seguros, más despiertos. Destierra el miedo y, aunque el camino es largo y jalonado de agujeros en el firme (el cinismo descontrolado, la ceguera, el conformismo y tantos otros), lo vuelve a hacer nuestro.

Pasamos la mayor parte de nuestras vidas huyendo de ella, preferimos lo envasado, lo que no tenemos que amasar con nuestras propias manos o cerebro. Yo mismo no hago más que entrar y salir, temer y envalentonarme. Pero si soy sincero conmigo, si dejo los oídos abiertos para el lenguaje camuflado de mi cuerpo, tengo que concluir que se está mejor caminando, construyendo, creando, simplificando.

Caminos y guillotinas, ese es mi deseo para el futuro. Que no os canséis de avanzar y que seáis justos al mandar lo accesorio al cadalso.

2 comentarios:

Arwen dijo...

Pensaba yo en guillotinas hoy, pero me temo que menos figuradas. Tener conciencia y concienciarse.

Argax dijo...

El caso es guillotinar, ya con el nivel de metáfora que cada uno crea conveniente.

Es una intención tranquila pero firme lo de la conciencia, saber separarla del enfado perpetuo en el que vivimos y que no es más que una forma de no hacer nada.