8 de febrero de 2014

Rodillas


Necesitamos la angustia, quizás para impulsarnos o para sentirnos parte de este gran engaño. Cada uno la busca a su manera. Mi técnica es depurada, consiste en recordar la linealidad del tiempo y que para alcanzar determinadas metas ni siquiera tenemos que movernos.


El tiempo concebido como una serie de estancias en las que apenas pasamos unos años. Años que desde la habitación siguiente parecen segundos. Estancias con sus decoración particular en la que no intervenimos. Habitaciones parecidas para personas parecidas. La igualdad para encarrilar nuestra llegada a la muerte.


Encuentro esta linealidad en los detalles más nimios, en las anécdotas, en cualquier acontecimiento en el que no solemos reparar. Os pondré un ejemplo, todas las rodillas pasan por las mismas etapas.


Nuestras rodillas de bebé, esas bisagras inservibles. Ángulos regordetes y corva cálida. Promesas de pasos firmes y una potencialidad que asusta.


Nuestras rodillas de niño. Lago de sangre espesa, condecoración y orgullo. Es entonces cuando aprendemos que hay que ocultar el dolor, ser el más valiente del patio. El más orgulloso sin llanto, el más mentiroso con su excusa perfecta y sus lágrimas de cocodrilo.


Nuestras rodillas adolescentes. Pilares para el sexo. Símbolo de opresión. Irreflexivas e ignorantes rodillas. Un fogonazo al descubrir que no todas las mamadas se hacen agachado y que la verdadera represión consiste en que te dejen seguir caminando.


Nuestras rodillas adultas o adulteradas. Una omisión, un engranaje de la maquinaria que se da por supuesto, en el que no se piensa. Tenemos la mente desbordada de engaño y prisa.


Nuestras rodillas viejas. Puertas que chirrían. Ese punto débil de la fortaleza. El alimento del hambre del tiempo que nos asedia, el punto en el que colocará su dinamita demoledora para dejarnos de nuevo postrados e inservibles. La última estancia, la derrota, la evidencia de lo absurdo. Cómo he llegado a estas rodillas peladas? He sido el perfecto esclavo. He obedecido y ahora que ya no soy más que un trasto lo sé, me he equivocado.