22 de mayo de 2014

Diccionario del Diablo.

VANIDAD, s. Tributo de un tonto a la consideración del asno más cercano.


Presumía de sus hijos. Todos se murieron. Presumía de su dinero. Pero se limitaba a acumularlo, en nada se lo gastaba. Presumía de su fidelidad. Se le conocieron dos amantes orondas. Presumía del amor desinteresado. Guardaba facturas de todas sus transacciones miserables.


Se levantó de su tumba para presumir de los adornos florales que él mismo se había enviado. Al abrir los ojos no vio más que a sus acreedores armados con seguetas y un buitre leonado fumando al fondo de la capilla.

Ni su mujer, ni sus amantes, ni siquiera el espíritu de sus hijos muertos. El buitre era de los más grandes que jamás había visto.


* * *


En el pueblo de los quince casinos no se sabía de ningún caso como el suyo. Muchos habían perdido todas sus posesiones en ese lugar en medio de la nada que prosperó a base de abrir locales de juego donde los señoritos podían repartirse en el azar de las cartas sus cortijos y de paso escuchar flamenco del güeno y emborracharse.


Quince casinos para apenas dos mil habitantes. Si hubieran sabido por entonces que existía Las Vegas, seguro que le hubieran llamado así, Las Vegas de la Vega. Pero era una localidad aislada de un país aislado y frecuentada por gente que se ganaba los cuartos en gran parte gracias a la ignorancia que supuraba de ese aislamiento.


Así se le conocía, el pueblo de los siete casinos. Y su caso uno más de ambición y ceguera, pero con una particularidad, una perdida extraordinaria Una mala racha y una boca ancha. Siempre estaba presumiendo de lo hermosa y proporcionada que tenía la verga; no grande, no, proporcionada, decía. Se le conocía como el de la verga primorosa. Todos habían escuchado algún poema épico a su polla en la barra de la cantina o algún romance picarón mientras se repartían las cartas en el que su hermosos nabo rondaba, madrigal va madrigal, viene, a unas imaginarias doncellas que apoyaban sus pechos en el pretil de una terraza.

 
Por eso nadie se sorprendió cuando en una partida desafortunada, estando Don Verga Primorosa sufriendo una desastrosa racha, se atrevió a poner como garantía de pago de todo lo adeudado lo que el ganador del envite quisiera. La farrucada, no podría haber sido de otra forma, derivó en castración. Así, todo el que va de visita a casa del Marqués anónimo de todos conocido puede ver, justo sobre el hogar, una hermosa churra disecada. «!Primorosa ―dicen todos mientras asienten―, primorosa¡».


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