9 de julio de 2014

Hipermundo

hipermercados
donde puedes comprar huevos con tallajes de camiseta
hipersexualización
de algún sitio tenemos que sacar la energía inmediata
y nos la regalan así
en forma de deseo desplegado
de adolescentes que follan más y mejor que tú
de cuerpos que brillan y prometen
hiperconexión en red
y podemos ver como se nos ofrecen noticias abiertas
cuerpos expuestos
todo lo que sucede lejos
mientras aquí nos conformamos con verdades demediadas
propias caducadas muy muy apropiadas
verdades que son ladrillos de nuestra ignorancia
y se nos queda cara bobina
mientras nos dejamos hacer
hasta que se nos ocurre pedir fuego para un pitillo
y alguien nos lo enciende con un lanzallamas

ahí notamos que quizás
se premie demasiado el pecho hinchado
y la tendencia a ser hiper
exagerar es la horma del hombre
normal es gritar más que el mono de al lado
como ya lo hicimos una vez
en nuestro viaje de novios a Borneo

pero tienes que seguir existiendo en ese caos de colores
y vas a pagar tus huevos en caja
(el valor también es mercancía)
y después de atravesar un desierto de pasillos
alfombrados de vinilo y flechas confusas
mientras suene el pitido tranquilizador de los códigos sobre el lector
sabrás que el mundo aún gira

caja rápida
coja rápido
coma rápido
consumase
tiene usted fuego?
te arriesgas a ser incinerado
por ese vicio humano por un solo cigarrillo
por tener que ir a por huevos gordos
por querer ser hiper

acabas
te vas
quizás tengas suerte y mueras
quizás exagere y el mal de muchos sea el mal

4 comentarios:

Blackmount dijo...

farmacia hiper-fumería. interesante reflexion, a veces menos es mas

Víctor L. Briones Antón dijo...

Anda qué tú también! En fin, al menos ha constituido una reflexión.

golyarda del ajo dijo...

el mal de muchos es el mal... claro, conformándose por queer ser hiper...

Víctor L. Briones Antón dijo...

golyarda, en el fondo somos como polillas, vemos una luz y la revoloteamos; eso del ser humano pensante debería ser cambiado por el ser humano conformante o algo así. Tenemos la mente como el que tiene un jarrón feo, para esconderlo en el altillo.