29 de noviembre de 2014

Aprendí mi voz

Aprendí mi voz
no para el grito.
Un loro ahumado
lleno de vicios,
lleno de garras;
mi voz copiaba y rumiaba.

La sorprendí hoy oliendo
las puertas, las pistas,
los puertos, los muertos,
las risas y las prisas.
Hoy mi voz cava y encuentra
su propio eco dulce.

Volví a hablar para decir.
Mi voz ya restañada
recordó al instante su método
y la diferencia
entre entierro y siembra.

Voz capaz de auditorios vacíos,
imantada hacia esos aún cuerpos,
dispuesta voz a no ser artefacto,
a no servir a tanta causa hueca.

Voz con paciencia de semilla
al fondo de la estridente pajarería.

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