3 de diciembre de 2014

Uno menos en la pila de libros pendientes

El almuerzo desnudo
William S. Burroughs.
Anagrama. Colección Compactos 252p.

Como viajar en una montaña rusa montado en una moto de nieve, vestido de lagarterana y con aletas. ¿Qué exagerado pensarán? Pues yo creo que me he quedado corto.

¿Qué es El almuerzo desnudo? ¿Qué carajo es El almuerzo desnudo?

Lo único que sé es que después de terminar este libro me siento como si me hubieran zarandeado sin piedad y sin que haya caído in un fruto del árbol. Mi mente intenta hacer conexiones, entender algo, saber de qué me ha querido hablar el autor. Pobre mente acostumbrada...

Pero llego a una conclusión: es un error racionalizar algo así y considerarlo según las estructuras lógicas, habituales, cómodas y apostólicas de narración. Esto no es una historia enmoquetada y con ambientador (más bien al contrario, los olores están muy presentes y no suelen ser agradables).

«Sólo hay una cosa de la que puede escribir un escritor: lo que está ante sus sentidos en el momento de escribir... Soy un aparato para grabar... No pretendo imponer “relato”, “argumento”, “continuidad”... En la medida en que consigo un registro Directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizás desempeñe una función concreta... No pretendo entretener...»

No sé como debe ser leída esta obra, pero así la he leído yo, dejándome llevar por la corriente abrumadora de la voz narrativa que avanza contándonos quién sabe qué. Uno avanza por los párrafos, intenta desentrañar el significado de este o aquel personaje, de esa alusión que me suena de algo, de esa otra que habla de un mal viaje el día que me metí farlopa por la tocha de mi primo el notario de Turruncún mientras un cura travestido hipnotizaba cobras tocando la flauta con el pene.

En fin, que una vez pasados los primeros momentos de «Mira lo dejo, abandono esta locura», uno se pone cómodo y se limita a disfrutar de la aparición de situaciones delirantes, de metáforas brillantes, de una carrera sin descanso hacia ningún final. Yo llegué exhausto pero con una sonrisa. Nadie esperaba ya en la meta; sin nadie que lo ensuciara pude contemplar un paisaje maravilloso: un hermoso Apéndice nevado con un coqueto balneario prendido en sus idílicas laderas.