28 de marzo de 2015

Uno menos en la pila de libros pendientes



La abadesa de Crewe 
Muriel Spark
Traducida por Pepa Linares
Contraseña Editorial, 112p.

Abróchense las fajas de esparto y cíñanse el cilicio porque vamos a asistir a una surrealista intriga política.

«¡Buhhhh! ¡Fuera! ¡Más política no! ¡Vete a por pipas!»

Tranquilos pecadores, tranquilos. ¡Telita cómo está el personal de irritado! Es una intriga política pero protagonizada por monjas…

[canta el grillo por peteneras y los asistentes cambian los abucheos por atentos ojos como platos de Fajalauza]

Parece que ya os va interesando más el asunto ¿no? Herejes, más que herejes, qué os gusta mucho asistir en primera fila a las perversiones de las, en teoría, inmaculadas siervas del señor en la tierra, más concretamente en la tierra verde de la Gran Bretaña.

Pues vamos al turrón del duro y es que ustedes, blasfemos e iconoclastas lectores, hallarán en esta novelita (-ita en cuanto a su longitud no en cuanto a su enjundia), mucho de buen y santo sarcasmo; bendita y beatífica ironía áspera con la que ungir las mentes golpeadas por la sinvergonzonería y la mentira que cae sin descanso como pedriza en un enconado día de tormenta estival.

Hallarán humor circunspecto pero agudo, cortante y sonante. En el relato se reparte leña para todo tipo de organizaciones anquilosadas, aunque tomando como ejemplo el ajetreado patio de la jerarquía eclesiástica que está fatal de lo suyo y se parece mucho a, como decía el padre de una amiga mía, la antesala de un burdel.

Con tanta leña distribuida equitativamente uno esperaría una buena hoguera para purificar el ambiente; pero no, nadie perece abrasado, una lástima la verdad, y no será por carencia de candidatos aptos entre el disparatado elenco. Eso sí, en esa abadía todos quedan retratados (y salen feos).

Se adivina una ambición totalizadora en la historia; como si la narradora se hubiera fijado casualmente en la piadosa congregación de Crewe, pero su intención crítica fuera más extensa y aplicable casi a cualquier lugar o institución donde la ambición y el poder importen más que la gestión o la moralidad.

Y ¡qué personajes oiga, qué personajes! Por ejemplo la tal Alexandra, protagonista del relato, que dice no saber ni oír nada pero que es la instigadora de todo lo que se urde entre esos exhaustos sillares. Porque ella quiere mantener las apariencias, sí; pero si las tiene que sacrificar por ser la nueva Abadesa, pues a tomar por saco el qué dirán y el buen gobierno de su congregación. La piedad y la fe serán revisadas cuando el objetivo esté conseguido. Para ello teje una trama de espionaje —otra vez nos huele a que se nos está hablando de otros horizontes más amplios pero igual de fétidos—. Esta piadosísima dama, que gusta de la poesía metafísica más que de los sermones, que prefiere la intriga más que los rezos; esta insidiosa maquinadora posee su propio cuerpo de guardia experto en el peloteo, en el eufemismo cicatero y en tejer las más primorosas cortinas de humo. Una líder nata que se expresa como tal, con un aplomo ejemplar: ella no habla, ella sentencia.

«Hermanas, permítanme que les confíe un secreto. Preferiría hundirme descarnada hasta la muerte en el suelo árido de cualquier planicie india o africana, muerta de hambre junto a los demás esqueletos moribundos, que ir a un psiquiatra para que me cure la ansiedad, como tengo entendido que hace Felicity».

Sí, Felicity es su rival en la carrera por ser Miss Abadesa. Felicity la costurera, la abierta de mente, una flautista de Hamelin progre que se lleva de calle a las monjas jóvenes. Vamos, el enemigo que hay que destruir. La hermana descocada y díscola, tendente a la histeria, que sirve de contrapunto a la actitud rígida de Alexandra.

Hallarán en esta abadía líos de faldas, jesuitas calzonazos, una lejana Roma que no se entera de nada y a la que todos toman por el pito del sereno. Conocerán a una misionera que actúa como garante en la distancia de una moralidad que, el lector puede ver de antemano, no va a respetar ni el último piojo novicio. Pero, alguien tiene que decirlo, alguien tiene que poner en evidencia las normas que se van a pervertir y después irse a convencer a una tribu caníbal de la necesidad de intentar una vida espiritual plena. Y ese alguien es Gertrude, la viajera que hoy está en el Tibet y mañana quién sabe dónde. Es el personaje que más me ha gustado: por su cinismo, su distancia emocional y hartazgo cuando habla con sus locas hermanas y porque es una rara mezcla de religiosa evangelizadora, aventurera a lo Amelia Earhart y asesora de campaña.

En fin, hablando en el lenguaje de mi barrio, esto es un «cashondeo mu gordo», pero a uno le queda un regustillo extraño, un picor de sesos que le indica que algo ha tocado partes esenciales de su adormilada conciencia. ¿De verdad me están hablando de unas monjas locas y de sus luchas de poder mientras la prensa, a su vez, pelea por colarse en el convento para sacar a la luz el evidente chanchullo que se está cociendo? Porque ya tenemos aquí el elemento que faltaba: no podían faltar los taquígrafos sin luz, la santa y arbitraria prensa que nos mantiene al día de lo que a ellos les viene en gana.

Si, le recomiendo esta intriga hilarante. Aunque de ella se extraiga la conclusión de que la voluntad humana hace tiempo que perdió su vigor y vigencia, concretamente el día que se cometió el peor pecado posible, el más original de todos, ese que llevó al hombre, empujado por la vanidad, a mezclar churras con merinas para lograr la consecución de sus fines. Desde entonces no ha habido ser sobre la faz de la tierra que se haya acercado a una decisión razonada, objetiva y altruista… Vamos, que si nos dejan sueltos tendemos a ser bastante cabrones y egoístas.

¡Qué le vamos a hacer! El poder conlleva cierto grado de demencia, un pequeño efecto secundario sin importancia.

¡Ah, se me olvidaba! También encontrarán «su miaja» de travestismo en baño público. ¡Sí Hildegarde levantara la cabeza! ¿Qué, se la leen? ¿Por qué ponen esa cara? Y eso que no les he hablado de la equilibrada dieta de las hermanas.



***
Nota1: este libro me tocó en un sarao-concurso que organizó el blog: Quiero ser como Maude. y su imprudente conductora @garymused. Mil gracias por haberme regalado esta gran lectura.

Nota2: lo de micro, de nuevo, una anécdota; esto me ha quedado más largo que un día sin pan. Espero sepan perdonarme por mi tendencia al arabesco salomónico y la meada cuesta abajo.

3 comentarios:

Moisés dijo...

Tiene buena pinta. Hay muchas y grandes historias con monjas, como Extramuros de Jesús Fernández Santos o Entre tinieblas y su bondadosa Sor Rata de callejón.

Gracias por la recomendación.
Un abrazo.

Jen dijo...

Debo decir que yo soy muy fan de la malévola Alexandra, pues me parece sublime en su retorcimiento supino. Además de que me la imagino como Vanessa Redgrave en The Devils -pero sin jorobita- y es entonces imposible no adorarla.

Me he reído mucho con las reseña. Bienvenido al equipo de Murielistas. Siempre convenzo a todo el mundo diciéndole que la señora tenía mucha mala leche, y leña para todos, como bien dices.

¡Un abrazo!

Víctor L. Briones Antón dijo...

Moisés, se trata de un libro que se lee muy fácil, en el que tienes que pararte varias veces para exclamar admirado: "pero qué mala leche gasta la tía!".
Con las monjas pasa un poco que, en la visión que tenemos de ella, están pasadas por un doble filtro prejuicioso, son tratadas con machismo como mujeres y con indiferencia como monjas, y sale de ese "colado" intelectual un tipo de personaje muy acabado y cerrado. Por eso funcionan bien en las historias, porque, por supuesto, son cada una de su madre y de su padre, humanas como la que más y locas como la que más. Gracias, como siempre, por pasar.

Jen, Alexandra es mucha tela, muucha...
La verdad es que Spark ha sido un gran descubrimiento y espero seguir frecuentándola para tomar el té y lo que sea. Un abrazo de vuelta para ti.