8 de abril de 2015

Carta a Maud. El color en los entierros.


Cuando me asalta la sensación de que vivo en una obra de teatro demasiado previsible siempre acude a mi memoria una mujer no muy alta, con una mirada juguetona dibujada en el rostro y que conduce como el mismísimo diablo —solía encontrarla derrapando por las rotondas—. Me toca el hombro y me pregunta si me gustan los entierros. Recuerdo como reaccioné la primera vez que lo hizo: huyendo de ella; valiente tía rara, pensaba. Pero ahora, cuando esa opresión familiar se instala en el pecho, levanto la vista y la busco; busco su paraguas amarillo y sus andares saltarines. Suplico por que venga a salvarme y me prepare alguna locura en la que podamos participar juntos para dejar de sentir que todo está escrito, para creer de nuevo que mi vida depende de mí mismo y que hice muy bien en perseverar en mi suicidio.

Me gusta ir a visitarla cuando me entran ganas de asesinar a todos los que me rodean; hurgar entre su perfecta acumulación de quincalla, zaleos y trastos. Me gusta que me recuerde que los convencional mata y que es necesario de vez en cuando permitirse ser uno mismo para que no nos derrote la melancolía. 

Cuando voy con ella al desguace o al vivero la escucho con atención aunque nunca la entiendo del todo, pero siento que alguien, con una uña afilada pero amable, me ha arañado algunos órganos que permanecían aletargados. Ahora que ya no está recuerdo con claridad todas esas conversaciones: 

«Mira, Harold, yo creo que muchas de las cosas que pasan es porque gentes que son como flores permiten que las traten como el lodo»

Ella me enseñó a relajarme, a dejar que todo acontezca alrededor sin que me roce y a que mis manos están hechas para tocar lo que yo decida. Me enseñó, reflejado en sus ojos, el sonido de mi voz. Había estado en todos sitios, tenía una opinión para todo, pero jamás intentaba imponértela, jamás. Ella me salvó de confundir las razones para matarme: un buen suicida se mata por una buena razón. 

Aún hoy cuando salgo a caminar y pongo el filtro de observador no participante, suena Cat Stevens en mi cerebro y casi puedo verla bailar a mi lado, risueña y animosa como siempre. Aún hoy, mientras retumban las exigencias de mamá detrás de mi imaginación desplegada, mientras lo normativo intenta acumularse con su habitual disimulo gris, logro sonreír cuando nos recuerdo huyendo de la policía el día que trasplantamos el arbolito moribundo del arriate de la avenida al monte. 

Con ella no había tema prohibido, asunto que no se pudiera tratar. Hasta que se fue y yo me quedé escuchando la música que me había regalado, bailando sobre el acantilado. 

Muchos dicen de mí que soy una persona triste y amargada, pero es solo que ya no dejo que cualquiera mire detrás de mis suicidios.  

Fdo. Harold Cualquiera

P.D. Quiero dar las gracias a Musa (@garymused) por presentármela aquella tarde de finales del año pasado. ¡Qué gran favor!

Harold and Maude (1971)
Duración: 90 min
Director: Hal Ashby
Guión: Colin Higgins
Música: Cat Stevens
Fotografía: John A. Alonzo
Reparto: Ruth Gordon, Bud Cort,
Vivian Pickles, Cyril Cusakc, Charle
Tyner, Ellen Gerr, Tom Skerrit

4 comentarios:

Jen dijo...

Oi, esta entrada me ha llegado bien adentro. Todos hemos sido un poco Harold hasta que ella llegó para quedarse. Mi máxima aspiración en la vida es ser como Maude :) Hoy me voy a poner cursi por espacio de tres segundos para decirte: preciosa carta.

¡Un abrazo! Y de rien. El placer es mío ;)

Víctor L. Briones Antón dijo...

Jen, he visto la peli un par de veces y es de esas a las que siempre le sacas un detallito... por ahí bien.

Tiene ese efecto motivador de "venga leches, mañana voy a cambiar mi vida" que tan raro es fuer de la pantalla grande. Pues vien con el Duvedé de Maude me ha pasado.

Me alegro que te haya gustado la carta y oye, un poco de melaza y sentimentalismo de vez en cuando para combatir tanto cinismo y postureo no está mal. Dosis justas que se me dispara el azúcar...

Ah, y me quedan pocas páginas para terminar Kallocaína que también me está gustando (yo ya lo sabía porque pertenece a uno de mis géneros favoritísimos, a mí me das su buena distopía y su barra de pan para empujar y yo perdiceramente feliz me quedo).

Un beso y yo creo que llegaremos a ser como Maude.

Jen dijo...

Oi, oi, oi, triplete de likes. Ahora es cuando me crezco y me digo a mí misma: qué buen gusto tengo, omá. :)

Víctor L. Briones Antón dijo...

Invítate a un algo guste mucho de mi parte (vaya invitación patatera!)

Reseña terminada y programada