6 de junio de 2015

Uno menos en la pila...



Kallocaína 
Karin Boye
Traducida por Carmen Montes Cano
Gallo Nero Ediciones, 219 p.



Leo Kall se parece a Guy Montag, a Winston Smith, incluso a John el Salvaje. Todos tuvieron que pasar por un proceso de descubrimiento personal, ir despellejando una mentira que sentían en sus carnes, latiendo detrás de sus sienes, arañándoles el cráneo desde dentro, pidiendo salir. Todos tuvieron que sentir el dolor de de sentirse distinto y ser señalados por ello; tuvieron mucho miedo y lo combatieron porque la alternativa era la muerte. Llevaron a cabo sus planes en la sombra, a escondidas de un Estado dictatorial e intolerante.

Porque, como ya habrán averiguado, Kallocaína es una distopía; y también el nombre de la droga que inventó Leo Kall, protagonista del relato, y que no es más que el suero de la vedad definitivo e infalible que obliga al que sufre sus efectos a abrirse y a confesar sus más profundos pensamientos. Y eso, en un mundo en el que el razonamiento crítico no solo está perseguido sino penado, es un arma que los poderes establecidos no pueden dejar de utilizar.

La novela describe el proceso de evolución personal de Kall, desde la devoción servil al sistema hasta la aparición del arrepentimiento por haber creado la sustancia que va a terminar de arrebatar el último territorio libre que les queda a los hombres en la tierra: sus opiniones personales y sus sentimientos íntimos. Vemos como la tensión y la ansiedad del protagonista van incrementándose, como va desarrollando admiración por las personas que antes detestaba por considerarlas contrarias al estado todopoderoso, por creer que su actitud laxa respecto a los códigos normativos era delictiva. Asistimos a un proceso de erosión moral, hasta que el castillo que el protagonistas creía bien asentado en su risco empieza a resquebrajarse y las dudas se instalan en su mente… y si existiera un lugar mejor, una forma más satisfactoria de vivir. El «y si» que cuando aparece desencadena los acontecimientos, siempre es así, en la vida y en la ficción: la duda es motor de cambio.

Vemos como Kall empieza a recelar de su propia creación y de los efectos que tendrá sobre el orden social; como comienza a abrir su conciencia a las evidentes fisuras del mundo en el que vive. Su mujer desencadena todo este proceso, también su superior en el laboratorio donde trabaja; en ambos aprecia indicios de pensamiento antisocial y empieza a tener miedo y curiosidad al mismo tiempo por el origen de esas ideas disruptivas.

Esta distopía en particular muestra una sociedad hipervigilada y muy represiva, al estilo Orweliano, donde las funciones de cada individuo están pautadas y nadie puede salirse del molde que le ha sido asignado ya desde su infancia. Una sociedad donde la individualidad no está permitida, una colmena de seres descerebrados donde el amor tradicional no tiene cabida. Un mundo donde hay hombres y mujeres que se sienten orgullosos de prestar sus cuerpos para los más atroces experimentos, cobayas humanas al servicio del Estado.

Cómo me gustan estas historias en las que un personaje descubre una verdad que lo mata. Así es Kallocaína, uno de esos libros que hacen brillar la disensión y la diferencia, que nos hacen ver su importancia.

Linda, la mujer del protagonista, da en el clavo y dice: «hay creación en nosotros, no solo estamos para acatar órdenes». ¿No se os remueve algo dentro al leer estas palabras? ¿Hay creación en vosotros?

Buen libro, que será mejor para los amantes de la ciencia ficción. Un espejo que señala actitudes que están muy vivas en nuestra vida comunitaria, esa que no es ficticia ni está en un libro sino que nos afecta día a día. Esa en la que nos vigilan y no decimos nada, esa en la que preferimos la ilusión de seguridad a la libertad, esa justo al otro lado del portal de casa.

Por cierto, pregunté en la farmacia y no, no existe la Kallocaína; así que tendrás que hacer confesar a tu suegra usando el método tradicional: ebriedad inducida en la cena de Nochevieja (sirve cualquier evento familiar). 
 ***
Esta lectura, una más, ha sido posible, ya que fue ella la que hizo llegar el libro a mis manos, gracias a @garymused, mi catalizadora literaria particular. Os aconsejo que os deis un paseito por su blog: Quiero ser como Maude



2 comentarios:

Sro dijo...

Gracias, tío, por esta magnífica y distópica reseña
A mí lo que me da miedo es que esa droga cayese en manos de los más desalmados y morbosos voyeurs
Pero si dices que has ido a la farmacia y no se encuentra…
Pues ya me relajo
Muchos y no quiero señalar, van por ahí hartos de kallocaína
Y los podrían llegar a detener por clarísimo pensamiento antisocial
Y por ir por ahí sembrándolo todo de dudas
Pero tienes razón:
Yo pensé que el motor del cambio era el hartazgo
pero se puede vivir con hartazgo
Pero la duda, el “Y si..?” es el motor, al menos el motor de arranque. Puede que luego haga falta un motor más potente a largo plazo para la singladura o a lo mejor un par de velas únicamente, a lo Ulises
Y ya me kallo
Bueno! Aún no: la portada del libro, que me encanta, con ese toque vintage

Víctor L. Briones Antón dijo...

Sro, yo con qué te haya picado la curiosidad me doy por satisfecho.

Arriad las velas entonces, que el avance, una vez encendida la mecha, no se pare.

Y sí, la portada del libro está muy chula.