8 de julio de 2015

Mayoría, nostalgia y fascinación. Eligiendo paraíso


Unos muchos vivimos escondiéndonos, haciéndoles el juego a muchos pocos de sonrisa profiláctica, palabras paternalistas y cara oculta muy afilada.

Le vemos el cartón piedra al decorado sureño de sus idealizados paisajes, de sus retiros de fin de semana, de su vida a todo tren sin vagones de clase turista.


Unos, nosotros, la mayoría, vivimos soñando con una prosperidad basada en la avaricia, un valle fértil que no existe y que nos empeñamos en buscar. Algunos, los avispados que muerden, mientras que nos aferramos a nuestro sueño impuesto, han construido su paraíso nostálgico y lo han idealizado. Lo han levantado sobre nuestras espaldas, sobre nuestro trabajo, sobre nuestra demostrada capacidad de tragar con todo.


«Puede ser también vuestro edén», parecen decirnos. Pero los que han estado al otro lado del decorado, como en las historias moralizantes con bosque caníbal, nunca han vuelto. En su lugar regresaron otros que se les parecían, envueltos en su misma piel, y con un discurso almibarado resbalando de sus labios. Fascinados y vacíos, adoctrinados y comprados siempre por menos de lo que vale la decencia y la integridad. En apariencia felices.

 
El paraíso debe ser un lugar sin peajes, sin entradas. Por eso quiero darle la vuelta a las palabras de Calvino sobre el infierno y acercar así el paraíso, volverse parte de él; pero también buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del paraíso, no es paraíso y hacer que se extinga, tomar distancia, abandonarlo lejos de nuestras oportunidades.

 
Queridos sureños, es tiempo de soñar nuestras propias islas y, sin aplazarlo demasiado, empezar a construirlas.