8 de agosto de 2015

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Salida 8. Festivales poéticos contra el alcanfor 

Estoy harto de escuchar que la poesía solo la leen poetas, que es un género endogámico al que siempre le salen los hijos un pelín redichos y con tendencias yámbicas, sonetiles y ocultistas.

Los principales enemigos de la poesía, como también de lo que supone estar vivo y querer estarlo, son la desidia y los lugares comunes. Desidia que desprecia lo nuevo y acata, como el que pone velas a un santo, ese refrán diabólico de «más vale malo conocido…»; ya está bien de rendir pleitesía a lo predigerido, ¿no? Ojo, que voy a defender precisamente eso; que, en la táctica del pájaro que alimenta al pollo, el producto que se regurgite para depositarlo en la garganta del hambriento esté compuesto de una mayor variedad de sustentos, que no solo de chotis y ferias vive la alegría. Lugares comunes y caminos trillados, ocio programado, y esa tendencia tan extendida de identificar como amenaza lo que en realidad es un reto intelectual. Muchos enemigos para combatirlos con un poemario delgado y tembloroso; aun así, allá vamos…

Veréis, tampoco quiero que esto parezca una ópera trágica en la que entre grito y grito mueren legiones y se aburren cientos. Simplemente digo que para que algo llegue a oídos profanos hay que gritarlo más fuerte, acercarlo hasta casi provocar el tropiezo, o poner una trompetilla en esos virginales conductos auditivos para que lo que les llegue provoque sorpresa, apertura de ojos y rascado de barbillas. «Pues la poesía no era esa cosa encerrada en una húmeda mazmorra. Mola, pica, hace que se me vaya la cabeza…», esa reacción quiero.

Los festivales sirven para eso, para poner versos donde antes había cacas de perro resecas y blanqueadas. Para llevar las margaritas a los ciudadanos acostumbrados a hozar entre su ración de patatas podridas aunque de unos colores y envoltorios llamativos. La alternativa hace que la mente florezca, poner en espacios públicos lo que habitualmente se despacha en rincones privados es sorprendentemente efectivo. Además, la poesía tiene una especial capacidad de impronta si el poema en cuestión sintoniza con el ciudadano que aferrado con ganas a su trompetilla, por fin, escucha.

Festivales hay un montón. No reclamo más cantidad, reclamo más presencia, más difusión, más conciencia de que a lo mejor la poesía aporta más a los vecinos que la nada o, lo que es peor, que la nada metida en salas donde solo caben cincuenta personas enmascaradas que conspiran en alejandrino ABBA (no, no estoy hablando de Eurovisión).

Todo lo que haga que la gente recorra la ciudad y se encuentre debería ser bien recibido, todo lo que fomente el reconocimiento en el otro, ese girar el cuello y ver como el de al lado sonríe o frunce el ceño con lo mismo que tú lo haces, tendrá un efecto sumatorio importante y ese ciudadano antes sordo irá a contarles a sus amigos que la poesía no es solo el «caminante no hay camino» que sale en el anuncio de neumáticos marca la Pava Viajera.

Hay que hacer esos esfuerzos para que el que no tenga ni idea de poesía se acerque a ella. Igual que nos esforzamos en nuestro día a día por transmitir lo que nos apasiona a las personas que nos importan. Hay que reclamar lugares para todos, donde se pueda uno limar los prejuicios, donde pueda dejar de lado los tópicos y dedicarse a disfrutar y sentir, a pensar y pensarse.

Y todo esto por qué, pues porque el verano también es época de bolos poéticos y muchos eventos de pequeña escala se organizan por toda España. Pero sobre todo, porque justo al lado de mi pueblo (que pasa por ser un “consumidor” y “productor” impenitente de versos y versificadores para todos los disgustos) se organiza cada año Cosmopoética, un ejemplo de todo lo que os he contado arriba. Este año, ya cuando el calor afloje un poco a finales de septiembre iremos a visitar Córdoba de nuevo, con ganas, con el programa sobaquero marcado con el itinerario del día. Ya aguardo con ilusión a que la programación se vaya completando, cotilleo cada día en los medios a ver qué y quién hay de nuevo.



Allí he estado siempre a mis anchas. Este año volveremos a la Orive para, por unas horas o días, creer que las personas estamos hechas para encontrarnos en la belleza compartida, en el compromiso de un verso, en alguna verdad rotunda de esas que dejan a la audiencia en silencio, expectantes.

Por cierto, el lema de la edición de este año se lo han arrebatado a Nicanor Parra: “Todo es poesía menos la poesía”. Lo que viene a reiterar lo ya expuesto. En la cercanía, en el desconocido de al lado, en la chica de atrás, en esa mujer que te recuerda a alguien, en la entrada del auditorio mientras los amigos se saludan, en el paseo, en los bares de tapas, en la cerveza fría, en el meandro del río… En muchos sitios aparte de en salas y corazones cerrados que apestan a élite y alcanfor. Busca la poesía o, al menos, déjate encontrar por ella.

2 comentarios:

Blackmount dijo...

decía Leonard Cohen que la poesía es la evidencia de la vida, y que cuando una vida se quema bien, la poesía es la ceniza que queda. Empiezo a pensar que mi vida está hecha de metano

Víctor L. Briones Antón dijo...

Blackmount es que Leonard Cohen sabe mucho de sus cosas y, hombre, no sé, pero me da que eso que dices del metano combusitionando no se acerca mucho a la realidad, al menos a no a tu realidad ficticia, esa que se intuye en tu manera de vivir. La otra, la de verdad, la de cagar y mear, a quién le interesa...