19 de septiembre de 2015

Puntales




La inmovilidad de la víctima elevada a los altares de la habilidad social. Varias presas sobreviven a otra jornada de ignorancia y se reúnen en el bar a última hora del día para insultar a los desaparecidos. No perdonan su atrevimiento, que hayan asomado su miedo y su impaciencia; los condenan por haber abandonado el papel asignado. Se han dejado ver y eso los convierte en merecedores de su desgracia.

Cuando la euforia del alcohol se instala en las lenguas dispuestas a la ejecución, la conversación vira y se dirige hacia asuntos menos comprometedores. Todos presumen de sus artificios para surcar la superficialidad. Se instalan en un ocio neutro e inane que los calma porque no implica circundar como alimañas las desgracias de sus semejantes. Vivir es eso, criticar al que lo intenta, reforzar la pertenencia a la estupidez y apuntalar el falso techo de la propia habitación sin vistas.