10 de octubre de 2015

Mi postura sexual favorita



… es la abstinencia, la falta de deseo, el Goya al mejor orgasmo de actor secundario.

Vivimos en un continuo relato de folladores. Nos contamos un cuento de superdotados sexuales que después nos hace arrastrar unas obligaciones que no percibimos ni gestionamos bien, que no sabemos de dónde han salido, pero que nos provocan una tensión sexual que no se resolverá. Es como cuando conoces a alguien y te vas a la cama con él, todo marcha hasta que notas como su cuerpo empieza a interpretar una coreografía aprendida en una mala película porno; a mí se me queda la picha como un pestiño sin miel. Si todos folláramos lo que decimos no tendríamos tiempo para el resto de problemas que componen esa característica y policromada alienación neurótica. Pero me parece que es justo al revés, dedicamos demasiado tiempo a nuestra abigarrada insatisfacción. Solo tienes que mirar a los ojos a la primera persona que se cruce contigo en un semáforo, fíjate bien, y dime si su rostro refleja satisfacción sexual (esas facciones iluminadas y sonrientes que nos han cincelado en las circunvoluciones las comedias de situación como sinónimo de «tú has mojado»), o más bien un hastío superlativo o una altiva displicencia propios de una persona  que no quiere o no es capaz de pensar en nada más que en la inminente mordida de lo rutinario.

Oye, que follar está bien, no me malinterpreten; pero eso de convertir el sexo en una pieza intercambiable pero indispensable, el doble tirabuzón en los ejercicios obligatorios de salto de trampolín, en los discursos inerciales, ya de por sí tendentes a la vacuidad, pues a mí me provoca una automática reticencia. «Por qué habla este de folleteo ahora, quién le ha preguntado», es un pensamiento en el que acabo atorado a menudo cuando participo en conversaciones sin más objetivo que ejercitar el aparato fonador.

Por qué, si ya se han inventado los teatros y existe el cine como canalizador de lo ficticio, hay días en los que todos mis conocidos parecen haber estudiado en el actors studio (sección extrarradio provinciano). Ahora me explico lo bien que se nos da fingir los orgasmos y embaucar a nuestros interlocutores sobre la calidad y abundancia de nuestra masa gris. En definitiva yo creo que hasta Al Pacino se echa flores (para adornar no para exagerar) en lo que respecta a sus proezas amatorias.

Mi postura sexual preferida es la suspicacia, la ascética verdad de un hombre al que no siempre le apetece. Follar relaja, es cierto; pero relaja más follar relajado.

Nota: lo bueno de la tesis aquí defendida, una vez depurada, es que sirve para casi cualquier tema que alguien saque a colación en una conversación. Porque los seres humanos tenemos una manía que nos cuesta no poner en práctica: solemos comernos una y contarnos veinte, somos unos teatreros que decía «abuela número 1» interpretada por una abuela de verdad.