21 de octubre de 2015

Mientras...



…regreso a casa para comer.

Camino por el paseo del río que no es tal, el verdadero río está a las espaldas de la ciudad, transcurriendo hastiado hacia su desembocadura pocos kilómetros más adelante. La prueba es que las orillas de este falso cauce son de hormigón y no de sedimento, las adelfas se conforman en los arriates cercanos al agua preparados para dejarlas medrar los justo hasta que llega el jardinero municipal con la podadora. La verdad es que no importa mucho, se trata de un paseo agradable, al menos mucho más que hacer el mismo recorrido unos metros más arriba, por las aceras de una avenida donde los neumáticos raspando el asfalto agreden con su monotonía feroz.

A mitad de trayecto me siento en un poyete y retomo el libro que en ese momento habite mi bolso. Frente a mí suceden muchas cosas: patos que nadan parsimoniosos, algas que se acumulan cerca del rugoso margen desde el que lo pescadores, para mi sorpresa, hurtan al río relucientes peces perfectos a pesar de la oleosa superficie contaminada de la que deberían salir engendros mutados. Los ociosos se ejercitan de diferentes maneras: corren, montan en bicicleta o pasean a velocidad cardiosaludable; cada uno según sus posibilidades y su forma física. Yo me acomodo para leer en medio del movimiento pausado y pienso en mi propio estado de forma. Más bien «estado deforme», me digo en tono bromista.

Observo y escucho, se me da bien hacerlo. Mi deporte consiste en encauzar la mente, ubicarla en un lugar ajeno a la actualidad y la rutina para después ponerla a trabajar por si le apeteciera descubrir algún hilo del que tirar más tarde. Un ritual personal favorecido por la armonía de los movimientos ajenos que me van haciendo entrar en trance. Mi ejercicio favorito. Poco a poco las ideas dejan de ser estereotipadas y cerradas, se cuelan pequeñas adaptaciones a quién soy y a dónde estoy, voy avanzando en la construcción imaginativa de mi camino machadiano.

Escucho chapoteo de remos. Los piragüistas golpean el agua en su avance. Ruido de radios de ruedas y el repiqueteo de las pisadas de los perros de uñas largas sobre el firme y a sus dueños que bajan la voz cuando pasan a mi lado para proteger de mi curiosidad sus conversaciones triviales. El trance avanza lento pero seguro. Mientras, sigo observando a los que, como yo, han salido a disfrutar de esa orilla. «Han perdido su pátina de artificialidad», pienso. Sé que si me dirigiera a alguno de ellos la respuesta sería amable, las personas relajadas tienden a escuchar. «La gente no está tan mal cuando se sale de su papel y se dedica a ejercitar su ‘lado bueno’».

Cada uno según sus posibilidades y su estado de forma, pero todos tenemos el potencial de disfrutar de los lugares que predisponen a lo humano.

2 comentarios:

Moisés dijo...

Qué agradable es tener un río por el que pasa el agua y que nunca es el mismo (como dijo aquel). Es como sentarte a observar la vida en una terraza. Buena recomendación que me anoto. Libro y río (a falta de río, supongo que el mar también vale) y dejémonos relajar.

Un abrazo.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Moisés, cualquier lugar que permita ver el horizontes más despejado sirve para el propósito de relajarse y disfrutar del ser humano que llevamos dentro. Un abrazo