21 de noviembre de 2015

Mientras...


…el catorce me lleva al centro.

Las pantallas nos invaden, las que coloca la empresa de autobuses en el techo de sus vehículos para dejar caer sobre los pasajeros contenido que les provoca ensimismamiento, con tanto buzón abierto el viaje se convierte en paraíso para las moscas; el trayecto así se hace más corto, pero las mentes también. Pantallas en los móviles, cuellos contorsionados y dedos inquietos: imagen recurrente la de dos adolescentes, ella y él casi siempre, que comparten cascos mientras que juntos pero a kilómetros de distancia toquetean sus pantallas en una suerte de ejercicio de prestidigitación que también parece causarles una hipnosis beatífica.


Imágenes que no enseñan nada, bombardeo de colores y muñequitos. Imágenes que se suceden sin ton ni son, sin pegamento, sin que tengan la menor pretensión de movilizar hacia ningún lugar o idea.

Pantallas para asomarse al vacío, una oportunidad desperdiciada adrede de fomentar la curiosidad en las pausas de la vida cotidiana, esos tiempos muertos que todos obvian porque no tienen su reflejo en ninguna pantalla adoctrinadora que escupa historias que imitar.  

Última parada, pleno centro, por delante una tarde de clases preparatorias para la oposición. Las calles atestadas de comercios, cada uno con su ventana al vacío: mujeres imposibles vistiendo, usando, derritiéndose por productos más bien triviales. Hombres de perfección ortopédica esparciendo al aire su esencia de nueva masculinidad inalcanzable. Trastos que se presentan como la cúspide de la tecnología diseñada para la felicidad del consumidor sedentario. Música estridente y más colores, los mismos pero combinados con otro patrón. Al entrar en el centro de formación una apocada señorita de piel marmórea y actitud sumisa (imagen que asociaremos al sacrificio necesario para el estudio concienzudo y al posterior desempeño de la carrera de chupatintas) expone en su correspondiente televisor extraplano las ventajas de la academia en la que he puesto mis esperanzas para dejar de dar tumbos en la economía doméstica.

Me siento ante el ordenador. Por fin haré «algo» con una pantalla. Cuatro horas por delante para prepararme a saltar un obstáculo ante el que palidecería cualquier caballo del Grand National. A los pocos minutos ya estoy deseando llegar a casa, comer algo ligero y abrir un libro. «Son hermosas las pantallas en silencio», pienso.

Pasa el tiempo y por fin puedo presionar el botón de apagado del ordenador. Me preparo para desandar el camino jalonado de ventanas que miran a lo que no existe. Al salir a la calle noto su presencia, sus mensajes afilados intentando entrar en mi sistema. No lo resisto, meto la mano en la cartera, ahí está el libro, lo saco, lo abro y todos los ruidos se atenúan; suspiro y comienzo a caminar.

2 comentarios:

Moisés dijo...

Jajaja el agradable tacto de lo analógico. Sin ser un talibán, creo que el libro es un hallazgo de la humanidad totalmente redondo. Dirán que coexistirá con el libro electrónico, pero nada puede superar el tacto de un buen papel impreso, por mucha pantalla led que inventen. Es cierto que nos rodean las pantallas, con dibujitos o imágenes que nos atontan, pero supongo que seguimos teniendo un cierto libre albedrío para abstraernos de ellas. O al menos así me gusta pensarlo. Nunca se sabe.

Un abrazo.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Moisés de eso trata precisamente esta entrada, de la capacidad de resistencia, de la necesidad de conservar nuestra intención, nuestra claridad a la hora de definir nuestros pensamientos y sentimientos. No tenemos que dejarnos invadir, si acaso solo influir.

En esta sociedad neurotizada, contaminada por mensajes de éxito y con una concepción sesgada de la individualidad, es importante conservar la capacidad de esfuerzo y la clarividencia a la hora de perseguir metas que realmente sean nuestras, que nos convengan y que además, ahí está el equilibrio complicado, puedan ser llevadas a cabo en un mundo rígido. A eso ayudan los libros.

Un abrazo.