11 de noviembre de 2015

Sucumbir


Uno no puede aguantar siempre.

Hoy he comenzado a leer Los Detectives salvajes a pesar de que soy reticente a las obras elevadas a los cielos por recomendaciones recurrentes, al «¿no te lo has leído?» espetado en tono recriminatorio. Me apetecía leerlo, sin más. Uno se cansa de sus propias poses.

Al final comprendí por qué estaba pugnando mi estado de alerta. Mi angustia cicatera que, durante años, cumplió con eficacia su labor de ocultación. Acaté el peso de la evidencia: he estado viviendo la vida de otro. Uno se cansa de meter tripa para caber en pellejos ajenos.

Así que he decidido concederme la invalidez total para la competición y todo, de un día para otro, se ha transformado en un juego de normas difusas. Uno se cansa de la seriedad y de perseguir trofeos en los que ahogarse.

Acabé por borrar mi primer rostro de la lista de personas a complacer. Una especie de asesinato para despejar una agenda llena de citas inerciales. Desde entonces tengo problemas para reconocer quién es quién, pero, al contrario de lo que pudiera parecer, me siento más acompañado que nunca. Uno se cansa de hablar con máquinas de tabaco que estudiaron con él la carrera.

Ya disfruto de la indiferencia, de que todo me importe tres cojones. Y ha emergido una habilidad que desconocía: elegir después de haber pensado bien las opciones. Uno se cansa de «o nosotros o la extinción».

Por supuesto ahora acumulo problemas nuevos, no me siento más feliz y sigo sin tener ni idea de qué va a pasar mañana. Pero la angustia ahora me pide permiso para sentarse a la mesa.

No se debe aguantar siempre. Uno puede atender lo que dice su hartazgo.