12 de diciembre de 2015

Uno menos en la pila...




Manuel Díaz Luis
Editorial Delirio, 144 p.

Antes de contaros de qué va la película quiero dar las gracias a la web Mucha Más Literatura (@MuchaLecturacom) ya que esta lectura ha llegado a mis manos tras ser el afortunado ganador en un concurso que organizaron para celebrar su segundo aniversario. También quiero agradecer a Almudena, de la Llibrería Ramón Llull y Miguel, de Cosecha Roja, su aportación de los premios y su papel como ojos inocentes en la elección de ganadores. En mi caso fue Almudena la que se fijó en mi microhistoria de amor romántico rural y la consideró merecedora de este libro con semejante Gallo Kirico en la portada. Dicho queda, gracias por sumar lectores y por ayudar a que la literatura llegue a más sitios.

Entro en faena. Cojo el camino que serpentea sierra arriba, dejo atrás picachos escarpados, helados saltos de agua, cazadores que te disparan en el culo desde los matorrales, el sonido lejano de fanfarrias y orquestas que celebran las fiestas patronales en los pueblos de la comarca. Siguiendo ese sendero acabo sumergido en el mundo aislado de San Andrés de la Sierra, un pueblo de condición salvaje, apegado a la tierra y sus secretos, ajeno a mucho de lo que pasa más allá del monte de la Quilama. Habitantes orgullosos que sobreviven, vivencias que son leyendas, leyendas que son rutina, rutina que por momentos nos parece un cuento violento y hermoso.

Al llegar a San Andrés me dirijo a casa de la señora Arageme, la curandera, y me dispongo, con recogimiento, a escuchar una de sus fábulas de sabiduría ancestral que suelen estar repletas de fantasía y violencia justificada por tener que convivir y competir con la naturaleza agreste, ferocidad necesaria e inevitable. Historias contadas por una lengua extraña que se desata y nos ofrece los matices de un léxico preñado de realidad, riqueza, precisión y belleza. El habla local se convierte en un personaje más.

Me arrellano frente al hogar con las ascuas aún incandescentes. La señora Arageme me ofrece una copa de aguardiente para hacer entrar en calor las tripas y amodorrar el cerebro, para desenganchar el alma de los afanes cotidianos y predisponerme a la fantasía que se asienta en la sabiduría popular, en la vida difícil, en un pueblo orgulloso de su pasado y sus costumbres.

«El fuego estaba entrando en las entrañas de la leña y le iba sacando los vientos. Los troncos calcinados se retorcían sobre sí mismos como si tuviesen vida propia. Las llamas que salían de dentro bramaban con tanta fuerza que parecían gritos».

Pero no es esta curandera la que nos narra las vicisitudes de los habitantes de San Andrés. Es una voz infantil, testigo narrador, cronista y cuentista de cómo la muerte y la vida se ven con frecuencia las caras en las calles del pueblo. Aparece el cura, el médico, la beata, el bruto... Toda una procesión de lo que podrían parecernos personajes estereotipados pero que, por el afinado lenguaje y sus acusadas personalidades, se acaban convirtiendo en personas de carne y hueso, en seres familiares. Para alguien, muchos hoy en día, que no haya tenido contacto con la vida rural, este relato resultará sorprendente y revelador por su autenticidad y crudeza. Para el que sí conozca situaciones similares no será mal recordatorio de cómo fueron las cosas, un ejercicio de memoria muy necesario en el mundo superficial y ajetreado que habitamos.

Todo el libro podría leerse como un homenaje a una vida extinta. Como una crónica de tiempos y usos más naturales. Difíciles, sí, pero que nos pueden revelar algunas de las incongruencias de nuestra forma actual de vivir.

Esta es una narración de barra tabernaria, una conversación entre comadres en los portales de sus casas, un cuchicheo de niños en el colegio cuando el maestro no está mirando. Nada de grandilocuencia, la grandeza de esta novela está en las pequeñas cosas, la mayoría de ellas ya inexistentes.

Como curiosidad, y por dar un uso práctico a esta obra, diré que sirve de extenso catálogo para padres indecisos respecto a qué nombre poner a sus retoños. Aquí encontrará muchos originalísimos, perdidos ya, pero que aportarán al niño o la niña por nacer una fuerte personalidad. Padres dispuestos a enfrentar la cara de sorpresa del funcionario del Registro Civil, este es vuestro libro.

Podría, como el Naza, enloquecido de amor, estar oyendo toda mi vida a la señora Arageme. Dejándome calmar por sus historias que son como ungüentos beatíficos que permiten evadirse de la realidad y sus asechanzas. Pero si os sucede lo mismo que a mí tras leer este libro (porque deberíais leerlo), tened cuidado porque quizás después no queráis retomar el camino que lleva al llano, de regreso a vuestros cuerpos y vuestras vidas. Estáis advertidos.

2 comentarios:

Moisés dijo...

Tomo nota de tu recomendación. No sé que tal estará, pero desde luego me encanta el título y la portada. Ese gallo mirando mola mucho.

Un abrazo.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Moisés, si te decides encontrarás una lectura ligera que disfraza grandes temas vistos sin el artificio de la "civilización". Un buen rato que se hace breve, pensamientos para luego y alguna que otra sonrisa cómplice.