13 de enero de 2016

Uno menos en la pila...



M. R. James
Traducido por Francisco Torres Oliver
Valdemar Gótica 399 p.

Dicen de Manolo Ramón que nació en la Línea de la Concepción, de padres aficionados a la profanación de tumbas. Esta peculiar configuración familiar tuvo que influir a la fuerza en el bisoño James a la hora de inclinar su vocación hacia el despreciado oficio de juntaletras. No tanto el hecho de que sus padres prefirieran el camposanto antes que atender a su chaval, sino lo de su pueblo; en sus relatos se aprecia un carácter llano y cercano, con una clara preferencia por los límites borrosos, las fronteras difusas y un gracejo claramente andalú. Todas estas marcas de crianza se atemperaron años más tarde cuando fue expulsado del internado de las Adoratrices Estrechas del Estrecho por realizar pintadas en la capilla en las que nombraba a la Hermana Superiora como «Mrs. Murciégalo»; entonces, sus padres, en parte para no verlo más, decidieron mandarlo a ese nido de estirados que era el Eton College donde se ocuparon de meter en vereda al rebelde infante, allí también le asignaron un nombre, en un intento algo burdo de soterrar sus correrías, Montague Rhodes, por el que sería conocido desde ese momento en adelante.   

Su primer empleo conocido antes de poner sus energías al servicio de la escritura fue el de agente inmobiliario. Su deformación profesional asoma en sus textos, ¡qué afición por la arquitectura y el paisajismo! Casi devoción. Desfilan por su obra catedrales, caserones nobles reformados hasta las trancas y proyectos de jardinería; todos ellos habitados por personajes de algún más allá que solo él atisbaba en su época de momos traslúcidos aficionados al arrastre de cadenas y a ulular como si todas las noches cenaran lechuza. Esa visión anticipada y rompedora es una de las cosas que de él destacan los críticos literarios. Y es que Manolito cambió la forma de escribir y concebir la literatura de terror con su viraje cientifista e incisivo que primaba la curiosidad antes que la credulidad. Él supo ver antes que muchos que la magia y las explicaciones peregrinas estaban de capa caída y, lejos de lamentarse, se apresuró a aprovechar el tirón y a ser un pionero en lo suyo en ese nuevo mundo que estaba naciendo sin epidural ni nada.

Una vez puestos en antecedentes sobre la verídica biografía de este autor conocido por ser un maestro del relato corto de fantasmas os hablaré un poco del contenido de esta antología.

Si no fuera suficiente con la cuidada edición de Valdemar: primorosa, detallista, agradable al tacto y a la vista —¡qué pena no ser millonario para comprar toda la colección!—, y con una traducción elegante y respetuosa con el tono algo sabihondo, perdón, erudito del original; hallaremos además que el relleno de estas pastas es especialmente sabroso y tentador. Encontraremos relatos de terror muy modernos, esmerados y que nos transportarán a un mundo que muchos ni oleremos de lejos jamás gracias a una ambientación impecable, llena de minuciosos pormenores, que nos traslada directamente a todos los rincones en los que Manolo Ramón ha visto algo relacionado con lo sobrenatural.

Las criaturas que protagonizan los relatos trascienden al espectro clásico y marcan la pauta para todos los que vendrán después a llenar nuestros calenturientos cerebros con morbosos relatos de terror. Preguntadle si no al simpatiquísimo Lovecraft que en su ensayo sobre la evolución del relato y la novela de terror El horror sobrenatural en la literatura lo proclama como «maestro moderno» del género.

Encontraremos en las líneas del de la Línea un estilo cuidado y elegante, cercano en muchas ocasiones a la crónica periodística y partidario de la exhaustiva documentación de lo narrado. Algunos de los mejores relatos transcurren en bibliotecas, con hombres enterrados entre papeles y documentos que puedan clarificar algo de lo extraño que pasa a su alrededor. Otros se basan en el influjo de hallazgos arqueológicos con muy mala onda que despiertan habitantes de vete tú a saber dónde.

Un humor de dandi, con monóculo, recorre la obra; refinado pero con mucha sorna e intención crítica. La herejía es otra constante en estas historias. En un mundo profundamente religioso como el que habitaba el autor el dogma oficial aparece como imperfecto y repleto de grietas por las que asoman «otras cosas»: trasgos, dioses romanos, bosques amenazantes, y, sobre todo, la muerte en novedosas y variadas versiones. Este paganismo lo acerca a otro maestro, Arthur Machen.

Terminaré esta peculiar reseña acudiendo de nuevo a las palabras de Hipólito Pepe Lovecraft, que comenta sobre el autor de esta recopilación:

«El arte de M. R. James no es en absoluto casual, y en el prefacio de una de sus colecciones formula tres reglas muy acertadas de la composición macabra. El relato de fantasmas, según él, debe tener un marco familiar a la época moderna, a fin de acercarse lo más posible al ámbito de la experiencia del lector. Sus fenómenos espectrales, además deben ser malévolos más que beneficiosos, ya que la emoción que han que suscitar ante todo es el miedo. Por último debe evitarse escrupulosamente la jerga técnica del ‘ocultismo’ o pseudociencia, con objeto de que la verosimilitud casual no se vea ahogada por una pedantería nada convincente».

Pues eso, una obra muy recomendable escrita por un tipo con mucho arte para esto de las criaturas preternaturales.