23 de enero de 2016

Uno menos en la pila...

Roberto Bolaño
Compactos Anagrama 609 p.

No vas a hallar en esta novela ninguna respuesta. Saldrás incluso de ella con preguntas abiertas en canal, con dudas latentes que te sorprenderán. Una historia llena de latencias, de observación, de contemplación y de inminencia. Que estamos condenados a la nada, al olvido, a desperdiciar nuestra vida, lo intuimos todos. También todos lo negamos, hacemos y decimos para esquivar esa certeza, pero pocos nos atrevemos a enfrentarnos a las preguntas trascendentales. Preferimos quedarnos en los flecos, en las maneras de vivir, sin pasar nunca por una reflexión profunda sobre las causas, las esencias y los sentidos.

¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué? No. En esta historia no se responden tampoco esas preguntas. Pero sí que se visibilizan y se hacen patentes, imposibles de eludir, se nos obliga a enfrentarnos a ellas. Una vez que has entrado, no puedes evitar querer sufrir la tortura empática de leer sobre las vidas de estos poetas que no son más que obras de arte con apariencia humana, extrañas excepciones que nos contienen y nos incitan. Leer sobre Belano y Lima y sobre todas las existencias que orbitan alrededor de ellos: una casa, un barrio, una ciudad, un mundo; pero también un cuerpo, una disección; o una estructura mental, un psicoanálisis de nuestras pulsiones y de las de los que nos acompañan. Muchos niveles, muchas lecturas, muchos márgenes que explorar y ninguna certeza.

Esta novela es una búsqueda retórica. Un deseo irrefrenable, indagación sobre los falaces lugares comunes, un juego de espejos al que no se le ve la trampa. Buscar un lugar en el mundo no para integrarse sino para recrear la realidad desde la más descarnada autenticidad. A través de los protagonistas, a los que el narrador se acerca desde varias perspectivas (a lo largo del texto son fantasmas, maestros, locos, cerriles perros de presa, holandeses errantes… pero nunca personas comunes), se nos habla de nosotros mismos, de la necesidad de ir más allá de lo usual, de encontrar algo que perseguir y reconocernos únicos y perdidos mientras averiguamos cómo alcanzarlo.

Sé que esta reseña está quedando dispersa, pero es que yo mismo, mis seguridades y mis creencias se han ido diluyendo en el espeso caldo preparado por Bolaño. Más allá del entretenimiento, del placer estético, de la admiración hacia el escritor, está esta obra de arte que conmueve dejándote primero clavado en tus certezas mientras piensas en el siguiente paso a dar, la siguiente zancada que sabes será insegura y a ciegas, por fin. Que un libro tenga este efecto es algo extraño y valioso.

La estructura de la novela, dividida en tres partes —antecedentes, explosión y consecuencias; aparición, epifanía y extinción; pongan ustedes las etiquetas según su lectura—, es arriesgada, juega con la linealidad del pensamiento a la que estamos acostumbrados, pero también con la ley de causa-efecto. Nada de lo que sucede parece aferrarse a ningún antecedente que lo justifique y tampoco aspirar a ninguna zanahoria, al menos ninguna que conozcamos, ninguna con salutífero color anaranjado. Los detectives salvajes van detrás de algo, pero de qué…

Lo que más me ha sorprendido es la profusión de voces narrativas, que se aprecia sobre todo en la segunda parte de la novela, todas bien perfiladas y con miga. Esta maestría y el trabajo que se adivina detrás hace que aprecie Los detectives salvajes de una forma especial, pocos se atreverían a hacer lo que el escritor chileno parece ejecutar sin esfuerzo.

Una obra total, que trata muchos temas bajo una apariencia extraña. Tengo la sensación de que mañana sabré más que hoy, de que la próxima vez que lea esta novela me dirá otra cosa, probablemente contraria a las ideas que se habían asentado ya en mi memoria sobre ella. Porque el texto está vivo o es una especie de accesorio, de ampliación del propio cerebro.

No daré más vueltas, pararé a fumar un cigarrillo en un camino perdido en medio del desierto y me lanzaré a tientas a rastrear en mi vida a los real visceralistas, en las calles que suelo transitar a Cesárea Tinajero, sin saber por qué, sin ningún objetivo más allá de la propia búsqueda.

4 comentarios:

Josito Montez dijo...

Sin exagerar, una de las grandes novelas de todos los tiempos.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Sí, Josito, opino lo mismo. Una novela a la que apetece volver, que está construida con algo más que palabras, que abarca muchos temas y muchas sensibilidades. Lectura imprescindible.

Moisés dijo...

Hace años compré Los detectives salvajes por una recomendación de un buen amigo del que me fío mucho y desde entonces lleva en mi estantería durmiendo el sueño de los justos hasta que sea rescatado. Por eso me alegro mucho de leer tu crítica. Una de las cosas que más celebro de una novela es precisamente que no me dé respuestas sino que me plantee preguntas y si eso lo consigue Los detectives salvajes, pues genial. Es de esos libros que por lo oído y leído creo que me va a gustar... Ya te diré cómo fue mi experiencia con él.

Un abrazo.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Moisés cuando finalmente te decidas pasa a decirme qué te ha parecido. En mi caso ha pasado ha ser una de las mejores lecturas de mi vida.