12 de enero de 2017

¿Cuándo se acaba el bosque?




Era inabarcable y era oscuro;
verde y perfumado.
Soy de esas personas que
perdieron a su árbol.
Era un mar fragante de niños
extraviados en su libertad.
Era de ámbar dulce y yesca y piñones.
Uno en especial, bajo el que iba a ser
algo más
que las revistas pegajosas
y la arena fría de luna,
que los cuerpos desgalichados
y la presunción de inocencia,
algo más que un futuro creído
a falta de verdad y conciencia.
Soy de esas personas que olvidan el árbol,
uno en el que podían buscarme y perderme,
que desdibujaba las cadenas que ya pesaban.
Era inabarcable y sincero, hablaba de oscuridad
con luz sobre mi carne.
Mi árbol sabía de mis traiciones
y mi marcha ordenada de asustada criatura.
Era el único lugar posible para la advertencia sincera:
la quebrada sentencia del que lo ha visto todo.
Soy persona de madera muerta
sin salitre ni hormigas ascendiendo,
soy un amasijo de camaleones, resina y verano.

Todo lo que después vino,
la distancia hasta la infancia y sus ramas:
estrategia para esquivar una poda.

No hay comentarios: