22 de junio de 2017

Uno menos en la pila...

Pues he vuelto. Ahora me llaman el funcionario, me lo llama el Calvo. Y es que nada más colgar en el blog este mi primera reseña sobre Walden, me tuve que volver a mi pueblo porque asuntos familiares me reclamaban. Me pedí una excedencia nada más entrar a trabajar, como un señor. ¿Los asuntos? Nada serio, varios hijos ilegítimos y una denuncia por dejación de funciones: yo iba para jefe del clan, soy de rancio abolengo (más lo de rancio). Pero qué hacía un sucesor digno de su padre, Pacote, ejemplar cabeza visible del grupo familiar durante años que, con mano dura nos condujo a una pseudocomodidad confiada muy parecida a lo que aquí llamáis Estado de Bienestar; que hacía el sucesor de Pacote subido a los riscos y leyendo ciencia ficción en vez de estar pegado a la almorrana paterna, signo de distinción entre los míos, aprendiendo el oficio de mandamás. Pero es que yo quise
Remedios
mandar menos, pasar desapercibido, me hice amigo de las hienas (animales nobles a los que aquí habéis afeado el nombre), no me dejaba desparasitar por cualquiera... Vamos, que no cumplía con lo que se espera de un príncipe. Pero no quise matar al padre, cualquiera se atreve con el genio que gasta, ni ser el único individuo que se lavaba en el río. Por eso me vine cuando el Calvo me lo propuso, no encajaba allí, pero son mi familia, y volver, aunque haya sido para solucionar marrones, me ha venido bien para reconciliarme con quién soy y para conocer a mis hijos. Porque por lo visto, es que para lo que quiero soy muy moderno, pero para el tema del coito: de lo más tradicional. Aproveché la convención solcial y los privilegios que tenía como príncipe mandril y abusé de la buena de Remedios, mi mona gemela (discutiremos de si los mandriles tienen alma en otra ocasión): inadaptada, inteligente, independiente; la única a la que dejaba comerse mis piojos al atardecer mientras leía Congreso de fututología, por poner una de las obras en las que me gustaba enfrascarme antes de venir aquí. Total, que le prometí la luna, le dije que cuando fuera jefazo lo cambiaríamos todo, pero cuando vi la puerta abierta para la huida me comporté como un carajaula, ahora lo veo, y la dejé allí con los que son mis hijos, unos monetes monísimos. No es que Remedios me necesite para nada, pero digamos que las condiciones que ha tenido que soportar por mi cobardía no han sido muy agradables.

Pero ya está solucionado. Lo de la dejación de funciones está arreglado, votarán un sucesor. El novedoso sistema democrático los tiene revueltos, pero no voy a quejarme porque ya nadie me obliga a asumir ninguna función que no quiero. Lo de Remedios, pues irá para largo, de momento le he dicho que aquí está su casa, que se venga cuando quiera, y ella, con razón, me ha dicho que ya verá lo que hace, que soy para ella un completo desconocido y que aun así me toma la palabra y me acepta las llaves del piso, pero solo para venir de visita, que no me haga ilusiones. La espero pronto porque tenemos que decidir cómo llamaremos a las criaturas, de momento nos referimos a ellas como los Indeterminados.

En fin, ya sé que esto no es un espacio para contaros mi vida, pero es que necesitaba soltar lastre. No os preocupéis que ya mismo hablamos del libro que he leído. Quiero cambiar mi temperamento impulsivo y que algún día se me conozca por mis comentarios sobre literatura humana y no por mis telenovelescos asuntos personales.

Solo una aclaración más, relacionada ya con el funcionamiento de mis entradas. El Calvo, muy comprensivo él, me ha cedido el control total del espacio. No sé a qué ha venido este bandazo, con lo controlador que era al principio, no sé qué de que tiene que dejar de aferrarse a las cosas y que quiere ser un hombre nuevo. Bueno, que le vaya bien, a mí con que me siga pagando el piso y me de libros que leer... En definitiva, que esto ya es mi espacio personal. He sido ascendido de plumillas sin firma a mono serio y sesudo.

Vamos ya con el libro, hoy os traigo Perdiendo pie, escrito por M.M. Vallés y editado por Triskel Ediciones. En él encontramos a Santiago Carvajal, un poli que no está atravesando por su mejor momento, problemas familiares que no os voy a contar —a pesar de sentirme muy identificado por lo que arriba os he dicho— porque son parte del descubrimiento que tenemos que hacer de la personalidad y mecanismos mentales de este buen hombre, porque es bueno, lo que pasa es que anda una miaha (se me empiezan a pegar localismos) perdido en la vida. Resulta que Santiago tiene que acudir al levantamiento de un cadáver, el de Esther Revuelta (lo que leeremos después justifica de sobra el apellido elegido por la autora). Cuando ve los ojos sin vida de la muchacha todo se va a la porra, una porra que será tratada con minuciosidad, diseccionada, que iremos conociendo poco a poco, hasta el más mínimo detalle; una porra fría, endurecida y rasposa que no pasa ni con cal viva, intragable para el pobre Santiago.

Esta es una novela cuesta abajo y sin frenos. Asistimos a lo que creemos al principio una elegante narración de género negro. Pero enseguida vemos que no, que la trama policial es secundaria, que hay una investigación pero que no puede ser que Santiago la lleve de forma tan cochambrosa. Tenemos ganas de gritarle: ¡quillo, ya está de bandazos, céntrate! Pero vamos descubriendo que esto no es, para nada, una novela de detectives al uso, que es solo la piel con la que M.M. Vallés la ha querido disfrazar. Y es que no es normal la obsesión del protagonista por esos ojos y esa chica. No es sano como se esfuerza, a costa de su vida y su trabajo, en desentrañar los secretos de Esther. Demasiado ofuscado todo, demasiada poca acción, nos decimos, para tratarse de una novela de polis. Dónde están los tiros, los golpes en la nuca en callejones oscuros, las revelaciones de bajos fondos, la sordidez...; bueno, de esto hay bastante y muy bien dibujada por la autora. Se nos presentan mundos chocando: clases altas sin escrúpulos, barrios oscuros, trabajos de mierda, padres negligentes (¡viva el eufemismo!)e inocencias robadas. Lo dicho, todo cuesta abajo, anticipación pura y dura de lo que parece un desastre. Pero veremos que esta estructura tiene una justificación, que el tono a veces arrastrado y sin pulso, que creo es intencional y que favorece y nos lleva al final que lo desvela todo (en esto si sigue un patrón de género), es el que tenía que ser usado, que todo sucede por una razón en este Perdiendo pie.

Este entramado, esta historia de un hombre que se derrumba, esta gota que colma el vaso en el alma de Santiago, que de vasos colmados sabe un rato, se apoya en una prosa cuidada, puntillosa, elegante y por momentos algo aséptica. Una forma de escribir más propia de una novela introspectiva, del monólogo interior. Pero todo este juego tiene su porqué: incidir en sentimientos, pensamientos y traumas; siempre desde el punto de vista del personaje principal. De él vamos conociendo su camino de perdición y comprendemos por qué la novela se arma así, apoyada en un aparente engaño para el lector. Esta prosa derrotista, que a veces atasca la lectura, casa a la perfección con el espesito de Santiago, nos ayuda a ver como se arrastra por su vida, como se acerca a la llama que le churruscará los pelos de la nariz.

En definitiva, Perdiendo pie es un juego narrativo, una historia viscosa de un hombre que baja al sótano tres del Corte Inglés (el infierno a pellizcos), un guiño narrativo al lector que asiste con morbo y palomitas al hundimiento en HD de este personaje-narrador que nos dijo que era un policía de lo más serio y comprometido.

Se lee fácil, tiene una capacidad de penetración psicológica asombrosa y además está editado por una editorial necesaria que nos trae voces nuevas desde su espacio independiente. Vamos, que la recomiendo.

Palabra de mandril.

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