4 de julio de 2017

Uno menos en la pila...

Parece que el verano ya no está dispuesto a traicionarse a sí mismo. Aquí me ando en mi cubil al que no puedo más que calificar de revolcaero y eso es bueno. Es bueno que me sienta tan cómodo como para arreglar a mi gusto este cuartucho que el Calvo me paga cada mes. La verdad que al principio no me convencía esto de estar a pie de calle, vivir en un bajo te ayuda a hacer amistades y enemigos pero te quita mucho de intimidad. Uno quiere estar
El suelo de mi revolcaero tras una sesión
de escritura
seguro de que nadie le mira cuando se rasca el mondongo o se quita los parásitos para elaborar un bonito collar de piojos (en la nevera aguantan meses y meses, ventajas de la vida moderna). El caso es que no estoy mal del todo, ya tengo llaves para entrar y salir, las vecinas me tiran fruta por la ventana y ya no se espantan cuando me oyen hablar o les lanzo piropos tipo «esbelta como un termitero, árida como una acacia, eres la sabana anocheciendo». Alguna incluso me ha dicho que me deje de pollás innecesarias y de antiguallas de monos retrógrados, que si quiero ser un primate adaptado lea más y aprenda las implicaciones de mis zalamerías meridionales. La verdad es que le he hecho caso y me he puesto a leer, no solo por esa curiosidad, no solo por ser mejor mono, sino porque aquí no hay quien salga a la calle hasta bien entrada la noche y porque me gusta espatarrarme a mis anchas, vagar por mi cuarto, escribir un párrafo, meterme un albérchigo en la boca y escupir el hueso, dar unas caladas al cigarro, pensar una metáfora, cagarla al llevarla al papel y repetir. Parece que tengo un método, y la ventana abierta a todas horas, a pesar de las rejas que me ponen un poco histérico, me recuerda que pronto podré salir a pasear, a intentar cazar un pato en la dársena del río o a perseguir perros prognatos por la orilla. La verdad es que me he adaptado de puta madre, creo que se nota.

En fin, como os digo, he leído ya mucho, mi tiempo es para eso. Pero antes de que esta transformación milagrosa, de primate atemorizado por la novedad a un nota más de mi barrio, se obrara también leí algunos libros que el Calvo me facilitó. Mucha guía de adaptación a mi nuevo entorno, y yo se lo agradezco, pero hasta que no he practicado de nada me han servido títulos como El ángulo perfecto de la muñeca en el baile por sevillanas, Como sobrevivir a la Semana Santa (una guía para extranjeros), Diccionario sevillano de modismos y demodismos y, sobre todo, Guía de tascas, tugurios y toboganes, esta última sí que me ha sido de mucha utilidad y siempre la llevaba conmigo en mis primeros y timoratos paseos por estas aceras llenas de mojones de perro y miarmas.

Al turrón de verano, turrón de gazpachito. El Calvo también me pasó algunas lecturas de ficción, una de ellas me dejó bastante tocado, por extraña y porque se trata de uno de esos librillos, es de corta extensión y largo aliento, que tienen el carné de minería fina, porque se te ponen a excavar en el pecho y llegan hondo: que te dejan como un queso gruyer de esos, vamos. Se trata de Los perales tienen la flor blanca de Gerbrand Bakker y editado por Rayo Verde (que ha sido uno de los descubrimientos más agradables de mi recién estrenada ciudadanía de mi bloque).

Mi llegada a esta pequeña maravilla fue a través de la web Libros Prohibidos, el Calvo me dijo, échale unvistazo a este enlace, y allí que me fui yo, deseoso de ocupar mi tiempo con buenos libros. Pues la verdad es que la reseña me convenció y no puede más que confirmar después mucho de lo que en ella se adelantaba. Seguro de que iba a leer una buena historia y con el picor del lector desatado le dije a mi patrón que sí, que me lo pasara y estas son mis impresiones:

Lo primero que llama la atención es la alternancia de narradores, con una presencia extraña de un narrador raruno en primera persona del plural. Un nosotros que se encarna en dos gemelos que cuentan lo que ven. Magnífico.

El estilo austero, que de primeras puede chocar, pero enseguida se da uno cuenta de que hay chicha detrás de las sentencias cortas y los diálogos lacónicos. Esto da lugar a un doble plano narrativo de lo más enriquecedor.

He aquí al autor, extasiado
Tiene un humor seco que no te hará reír a colmillo partido, pero que dice mucho de los personajes y que casa a la perfección con la contención general del tono y las psicologías de los personajes.

Qué más... ah, sí, más de las voces narrativas: infantiles y perrunas. Sí, hay un perrete, lo que siempre da aliño a la historia y sirve para conectar al lector con lo emocional (es que los humanos estáis fatal de lo vuestro, solo queréis cachivaches del teletienda y se os olvida que la vida es sentir y hacer). Estas voces, decía, permiten al autor contar la historia desde una inocencia nada neutra; y es que se ve a la legua que, tras una tragedia inicial, la cosa se encamina hacia un desenlace ominoso.

Se trata de una historia de pérdida y de cómo adaptarse a ella. En este sentido muy apropiada para los traumas de infancia y adolescencia. Sería una gran lectura para vuestros cachorros onanistas, porque les mostrará sus falsos sufrimientos al que no tiene motivos para la queja y a afrontar las cosas como vienen al que haya sufrido una pérdida importante. Gerson, el prota, pierde todo menos las llaves de casa, pobre.

También se nos habla de percepciones subjetivas del mundo y lugares distintos desde el que vivirlo. Libro intenso, durillo e ideal para desengrasar los lacrimales y las molleras endurecidas con tanto realiti y júrgol.

Pero no esperéis que os lo pongan todos por delante, señoritingos, que sois unos señoritingos e ingas. Aquí lo que os va a hablar es el silencio y las omisiones, en ellos está el valor de esta novela, en lo implícito. Tras su estilo contemplativo y en apariencia frío, tras las frases entrecortadas y los personajes apáticos, se abre un mundo que, desde mi ventana lo veo todos los días, los humanos tenéis abandonaito.


Leche, no os he adelantado nada del argumento, sé que esto quizás estaría mejor arriba, pero bueno, aquí lo casco. Esta obra gira alrededor de Gerson, ya os he dicho que a esta criatura se le da de cine perder; de su visión (es una broma cruel, ya veréis por qué lo digo si leéis el libro) del mundo después de todo lo malo que le sucede. A su alrededor, su familia: sus hermanos Klaas y Kees, su padre y el perrete, Daan; que intentan ayudar y entender a Gerson. De los pequeños logros de este, de sus fracasos en adaptarse a la nueva situación vital tras la tragedia y de las dinámicas viciadas de comunicación extrae el narrador su historia y qué historia. Deberíais leerla que os veo con las tuberías sentimentales atascadas.

Palabra de mandril.


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