6 de septiembre de 2017

Compartir la ubicación

Quiero escribir más y que los párrafos o los versos no me pidan la ubicación ni se autocompleten ni me sugieran lo que quiero o necesito.

Y yo qué cojones sé dónde estoy... Si lo supiera no me molestaría en seguir buscando. Escribir más para aprender a borrar y a cogerle cariño a las plantas espinosas del páramo, a los arañazos que dejan en las canillas mientras voy descabezado y fascinado, en trance, de aquí para allá, y todo es nuevo y amenazante; esos rasguños que escuecen cuando te paras a descansar y el sudor encuentra el camino para acariciarlos y que digan. Entonces te acuerdas, qué bien haber estado todo el día de parranda, este dolor de cabeza tan lleno de novedades y «ciertezas»; qué bien que me toco y me noto: michelines, la patata, el aliento, los pelos del sobaco, el reflejo palpitando... Sí, estoy completo, por unos instantes, pleno, asustado y cansado. Una ordinaria presencia en la que sí me reconozco: escrito con mi sudor sobre la tierra que he elegido.

Por eso quiero escribir más, para no quedarme en el sitio pensando en mi epitafio, mármol de calidad media para que morirse no sea un lujo ni una consecuencia. Para la medianía, la ciudadana corrección equidistante, pues mire usted, ni mijita. Equilibrio no puede ser igual a pensamiento único. Prefiero quedarme fuera, entretenido pensando en cómo se parecen los calamares fritos a los círculos del infierno, para, después, escribirlo.

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