20 de septiembre de 2017

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Salida 10. Efectos de la poesía(II)

Cuando leo buena poesía enseguida nace el fruto amenazador de una planta que dibuja su garra ansiosa donde antes no había más que motas de luz y ahora, mira, un arbusto maduro, latiendo, sufriendo en su propia plenitud ofrecida. Nunca sé si es venenoso o alucinógeno su fruto, si me matará o me abrirá la puerta esas revelaciones que deseo; pero siempre lo como, con gula, con gusto, gozo de su jugo cayendo de la comisura de los labios hacia la barbilla y de allí al cuello, al pecho, al suelo, a los pies, al cielo. A veces el corazón de la planta inesperada me dice que huya, otras que me quede: pero que sea yo, de una vez, que sea valiente y curioso, no fuerte, ni fiera, ni dios, que sea tenaz y silencioso, humilde, que escupa silencio al que cacarea, escudos para el que vomita balas, qué no queremos más muertos ni más vivos de rebote; que esté atento, que suba al monte, que allí me espera el buitre para que le bese la calva y le pida que vuele como los sacacorchos, como él sabe, círculos cada vez más diminutos sobre el pueblo inalcanzable, que extienda telas sobre el asfalto, y flores, y pieles, y ofrezca todas mis muertes a la verborrea del mañana. Que no deje de sembrar semillas inesperadas entre los dedos de las culebras por mucho que hoy los enchufes sepan más de nosotros que nuestras madres, que insista, que nada puede compararse con la belleza abriéndose paso podredumbre arriba. Que no deje de intentarlo, como ese que iba cuesta abajo y recordó el freno, la mano, el abrazo, los geranios que crecen fuertes en las latas oxidadas de tomate frito. Como ese que utilizaba la carne a su conveniencia, que se extrañaba de estar vivo y aún así iba, respiración a respiración, hasta la siguiente palabra, destino desconocido, andén derrumbado, tren desviado. Que no deje de serme, que el hombre no es más que una sucesión de anaqueles y ángeles con hambre, de puertas desquiciadas que nos hablan a chirridos, de televisores que ululan su nieve, de mascotas orgullosas de no tener dueño.


La planta domesticada en el alfeizar o en el fresco zaguán dialogando con el grito verde de la cancela. La planta conspirando en la caja de refrescos, en los contenedores de reciclaje al sol, en el suspiro del niño encerrado en un mundo sin escapatorias. Insiste, me dice, antes de estallar. Sabes que volveré y te pillaré siendo otro, olvidándote de mis órdenes… por eso acudo, irregular y caprichosa, pero siembre decidida: tu me llamas, me necesitas, necesitas mis frutos que te llaman. Yo te deseo y acudo porque de tus labios pueden caer todos mis sabores y mis formas.

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