15 de agosto de 2018

El acomodador y el hombre en serie


Y sí, salir de la vida. Lo escribo y me da miedo, de la vida decorada, de la que esgrimen los expertos en dentera y lágrima; pero es que ya no veo entre tanto traje enhiesto, entre tanto día impuesto y no encuentro solución salina para este pescado que ya dice papá.
Sí, salir del mundo, y que más quisiera haberme atrevido al huerto singular, al silencio arisco, a la alimaña, a la yesca del afilador, al discurrir lento y que me tengo que sacudir este temblor de rama para decirte que no compartimos ambición y que ni en venta ni en vena, ni encadena ni en racha, quiero ser parte del despiece.
Estoy cumplido, amortizado en mortero primoroso, olor de especia exótica, una rareza eligiendo azote, hecho polvo de aspavientos. Que no puedo con mi sombra ahora que la veo y tomamos cortadillos y nos mojamos en la superficie de ese café de ayer, denso e iridiscente.
Sí, borrarme sin taconeos, que sepas que alguien estuvo en mi cuerpo, pero no estar. Salirme de la turra dualista de los materiales de derribo, del cerebelo hecho mitin, encontrar corzos brincando por mis excepciones y mira ese monte medio hombre, qué pataje, mascando vinagretas y acariciando la orilla.
No moverme de ese entonces, investigar su infección humilde hoy. Puedo ser el engoñipe de mis venas rijosas. Líquido, agua fresca para el cemento desarmado, por fin, cubos y cubos, que este ser de plomo fundido y fondo se nos quema en la sartén donde bailan los debutantes, que se le asfixian los oficinistas y los dedos sobre ventanas a ninguna parte, que se le abre el cielo y lo perdemos a través de sus gestos.
Zambullirme en una duda elemental: cómo se sale de este almizcle, de este olor a muerto en cuarto emperifollado a cal y canto, de esta tienda de sobras que no encajan. Cómo, si uno quiere ser ave de tendedero, cigüeña en desguace, culebra de luz ascendiendo el montículo de la mierda universal.
Sí, ser fuera de entonces el lado sucio del telón, la roña bajo las uñas justificando una ausencia de años, dar voz al grito para saludar al vecino que regresa a su envidia cargado de medias tintas y lengua de ley empedrada.
Sí, unos hombros de mi talla, un cielo con costuras pasadas, las afueras con jardines y sin tanto polvo, el campo mordiéndome los tobillos. Busco el suspiro del que encuentra la postura cómoda en el féretro.