29 de mayo de 2020

Confesiones aprovechando que el Pisuerga pasa y tengo los pies algo sucios.

(con calzador)

La realidad no es lo único que hay.
Bares no es lo único que hay en la realidad.
Tengo la tentación de meter en todos los poemas un tira de la mantra.
Si lo hago algún día, llamaré al texto resultante: con calzador.
Venimos sin título y por eso el temblor y la cara lívida de aristócrata obligado a lo que sea.
Venimos sin título, por eso la obsesión de titular.
Creo que soy un genio, ay Narciso, hasta que bebo el agüita fresca del gorrión.
Sigo pensando que cualquier poema podría ser un buen poema.
Digo que no veo la tele pero la veo un poco.
Como rápido, digiero mal, son los nervios que no necesitan dientes.
La realidad de arriba me da miedo, todo lo que hay tras los muebles y los decorados
hace que me pique la nariz y me calma.
Tengo manos insólitas, híbridas, como si mi madre fuera una pianista de cristal
y mi padre un gorila jarto’morapio.
Dar la luz para dar a luz y que se llame Luz. Veréis que me gustan los juegos de palabras
detrás de las palabras, me calman y hacen que me pique la nariz.
Y os podría hablar de esas muñecas dentro de otras muñecas y de otros tópicos aún con corazón.
Me gustan los jugos de palabras y, a veces, callarme y continuar.
El estruendo es el peor amigo del hombre,
solo lo supera el ladrido del collar de su perro, el que se escapó, por fin.
Temo muchas cosas, pero se me olvidan.
Los turistas son los otros, los tontos son los otros, los otros no son yo,
lo diré más abajo: yo por fin soy todo lo pequeño
que tenía que ser.
La realidad, tercera mención, es como ese tuper que no cierra bien, esto quizás lo borre.
Las penas con pan son un bocata de penas.
Este poema se está alargando. Recuerdan los de mi generación el anuncio de un hombre de chicle,
no es una pregunta: sean más flexibles, lo del junco y la palmera en la tempestad.
Los que no son
de mi quinta habrán urdido su propia versión del hombre que se estira
y de la realidad.
Acumular es sano para alimentar a las ratas y al fuego, para jugar al escondite,
que es lo que hacemos desde que nos escapamos de la otra vida
en ese niño a través de las piernas de mamá
y venimos aquí a que nos encuentren
la risa, los fallos, los tornillos y las tuercas, la realidad de la carne que se funde
(repito, un bocata de penas),
a escondernos de esos alguaciles tan simpáticos:
el trabajo, el azúcar, las drogas, el alcohol un poco menos y algún piti, la familia y las relaciones que te invitan
                                                                                                                                                   [a beber
lejía;
y también tener que correr, el tránsito, el estrés, la bollería industrial y los fumaderos de opio
y, sobre todo, el sexo de los mendicantes siempre tan mal entendido y con tanto tirón publicitario
y al final, tira de la mantra
que se te ve la lengua
fuera, ya se acaba, y ese silbido, qué es ese silbido fragante y como de rojos y malvas:
la maceta de los geranios, teledirigida, desde el quinto a tu azotea:
que nos devuelve muy formales, calladitos, los labios cosidos, los brazos cruzados sobre el estómago
como en una postrera primera comunión pero algo más ajados y tiesos,
nos devuelve al mismo otro mundo del que, a buenas horas vengo a darme cuenta, hubiera sido mejor no salir.

Pero aquí estoy
y este poema podría durar para siempre,
romo y gastado,
pero quiero resistir hasta que se rompa
este recreo que tira de mí
hacia las palabras que quieren ser
el juego de los niños que se esconden.