31 de octubre de 2015

Objetivos del abismo



Mi objetivo durante años fue no hundirme, permanecer bien visible, flotar y llamar la atención de cualquier amable patrón de yate que navegara cerca de mis superficialidades. Que mi presencia destacara entre tantos candidatos a hombre al agua del año. Ser rescatado por tener el más fluorescente chaleco salvavidas, malinterpretar los gestos de los barcos que pasaban cerca y anhelar el momento en el que me lanzaran un cabo para tirar de mí hacia el fasto brillante de la cubierta diamante del más lujoso transatlántico. En definitiva, durante años estuve esperando, creyendo que pronto subiría a alguna promesa flotante. Hasta que lo conseguí, llegué, cumplí todas mis aspiraciones de ser despreciado a bordo. Disfruté mucho mientras duré. Tras varios años tomando mojitos y estrenando cada día una braga-tanga, empecé a sentirme mal. Un picor recorría cada mañana mis piernas y tardaba en desaparecer cada día más. Descartada una alergia a la licra de mi atuendo, una mañana caí en la cuenta: mis piernas querían nadar. Así que sin pensármelo mucho volví a saltar por la borda para caer en un lugar desconocido del océano muy parecido al que abandoné antes de unirme a la fiesta más aburrida de la historia. 

Imagen extraída de http://viajesaleatorios.blogspot.com.es/

Hoy, una vez olvidado hasta el concepto de barco y tras asistir en su momento, no sin angustia, al deterioro total de mi chaleco salvavidas, retozo feliz y algo abotargado en este fondo marino que no deja de ofrecerme sorpresas. Uno se acostumbra pronto a ser un cadáver a ojos de los iguales, notas como dejan de mirarte, como te empujan lejos de ellos. Lo que nadie te cuenta es que cuando te hundes, triste y cabreado con tus semejantes y su egoísmo, al poco tiempo te nacen agallas que son como un pase vip para las novedosas profundidades. Ahora subo y bajo a mi antojo, ya más vacío de mi condición anterior y con algunos jirones de piel aún colgando. Cuando es mucha la profundidad y se hace imposible ver, dedico mis horas a buscar alguno de esos peces luminosos; sí, tengo que esquivar de vez en cuando algún viscoso tentáculo que me busca con dudosas intenciones, pero de momento ninguno ha logrado alcanzarme, he aprendido a bucear muy rápido. Cuando me siento juguetón subo hasta la superficie para observar la amalgama de piernas que patean sin descanso para mantener a sus cuerpos a flote. Veo a los tiburones eligiendo la cena, me piden consejo porque, al fin y al cabo, yo fui un género excelente hace algún tiempo. Yo mismo selecciono algunos pies y me acerco para acariciarlos o darles pequeños tirones. El pataleo suele hacerse furioso e incluso puedo escuchar los gritos de pánico unos metros más arriba capaces de traspasar el agua y de romper la garganta del asustado hombre flotante que debe pensar que ha llegado su hora. Cuando eso sucede pierdo el interés, el miedo me aburre. Pero de vez en cuando los pies que rozo se paran en seco, dejan de batir y un rostro con los ojos muy abiertos traspasa la superficie e investiga qué le ha tocado. Entonces saludo emocionado, gesticulo invitando a esa persona para que me acompañe. Algunos lo hacen, deciden ahogarse con una decisión que no deja de admirarme. Después, una vez les han crecido sus agallas, todos dicen lo mismo: «Estaba harto de esperar mi barco, solo quería dejar atrás esa superficie tan tediosa».


Cuando convenzo a alguien de que profundice paso unos días con él. Hablamos mucho, le explico lo que necesita saber e intento transmitirle la ilusión que me hace habernos topado y entendido. Le hablo de mis sueños de poblar el fondo de personas conscientes de lo deprimente que es lo que hay arriba y de todo el espacio disponible que tenemos aquí. Cuando el nuevo ahogado ya bucea como un animal marino más y ha elegido una covacha en la que descansar; cuando ya le he puesto al día de cómo buscar peces iluminados, esquivar tentáculos, negociar con tiburones para que le dejen los pies más apetecibles, me marcho para seguir buscando. Porque por más que viajo y conozco a otros ahogados siempre tengo la misma sensación: aún queda mucho abismo por descubrir.

28 de octubre de 2015

diminutillos



167.

Invocaré al silencio
huido antes que dios
antes que la ilusión
Lo llamaré desde el ruido
sobre fondo agritado
Lo buscaré, me revolcaré
entre sus paredes invisibles
en el eco que desanuda

Encontraré silencio que me diga
y ya no podréis verme alarido

24 de octubre de 2015

diminutillos



166.

Reserva quince minutos diarios
para crear un buen margen
donde la boca pueda hacer algo
más que demandar pesados metales

21 de octubre de 2015

Mientras...



…regreso a casa para comer.

Camino por el paseo del río que no es tal, el verdadero río está a las espaldas de la ciudad, transcurriendo hastiado hacia su desembocadura pocos kilómetros más adelante. La prueba es que las orillas de este falso cauce son de hormigón y no de sedimento, las adelfas se conforman en los arriates cercanos al agua preparados para dejarlas medrar los justo hasta que llega el jardinero municipal con la podadora. La verdad es que no importa mucho, se trata de un paseo agradable, al menos mucho más que hacer el mismo recorrido unos metros más arriba, por las aceras de una avenida donde los neumáticos raspando el asfalto agreden con su monotonía feroz.

A mitad de trayecto me siento en un poyete y retomo el libro que en ese momento habite mi bolso. Frente a mí suceden muchas cosas: patos que nadan parsimoniosos, algas que se acumulan cerca del rugoso margen desde el que lo pescadores, para mi sorpresa, hurtan al río relucientes peces perfectos a pesar de la oleosa superficie contaminada de la que deberían salir engendros mutados. Los ociosos se ejercitan de diferentes maneras: corren, montan en bicicleta o pasean a velocidad cardiosaludable; cada uno según sus posibilidades y su forma física. Yo me acomodo para leer en medio del movimiento pausado y pienso en mi propio estado de forma. Más bien «estado deforme», me digo en tono bromista.

Observo y escucho, se me da bien hacerlo. Mi deporte consiste en encauzar la mente, ubicarla en un lugar ajeno a la actualidad y la rutina para después ponerla a trabajar por si le apeteciera descubrir algún hilo del que tirar más tarde. Un ritual personal favorecido por la armonía de los movimientos ajenos que me van haciendo entrar en trance. Mi ejercicio favorito. Poco a poco las ideas dejan de ser estereotipadas y cerradas, se cuelan pequeñas adaptaciones a quién soy y a dónde estoy, voy avanzando en la construcción imaginativa de mi camino machadiano.

Escucho chapoteo de remos. Los piragüistas golpean el agua en su avance. Ruido de radios de ruedas y el repiqueteo de las pisadas de los perros de uñas largas sobre el firme y a sus dueños que bajan la voz cuando pasan a mi lado para proteger de mi curiosidad sus conversaciones triviales. El trance avanza lento pero seguro. Mientras, sigo observando a los que, como yo, han salido a disfrutar de esa orilla. «Han perdido su pátina de artificialidad», pienso. Sé que si me dirigiera a alguno de ellos la respuesta sería amable, las personas relajadas tienden a escuchar. «La gente no está tan mal cuando se sale de su papel y se dedica a ejercitar su ‘lado bueno’».

Cada uno según sus posibilidades y su estado de forma, pero todos tenemos el potencial de disfrutar de los lugares que predisponen a lo humano.

17 de octubre de 2015

diminutillos



165.

En la economía de los afectos,
la cartera de omisiones
arruina hasta la inversión sin riesgo.