28 de noviembre de 2015

diminutillo


172.

La tierra agostada al pie
del verde desvaído del eucalipto,
recuerdo de la aridez justa,
advertencia
de la sequía nuestra de cada día.

25 de noviembre de 2015

diminutillos


171.

Cuando me mueras
y te quedes con mi ficción,
dirás que quisiste a un héroe,
renegarás de este bufón.

21 de noviembre de 2015

Mientras...


…el catorce me lleva al centro.

Las pantallas nos invaden, las que coloca la empresa de autobuses en el techo de sus vehículos para dejar caer sobre los pasajeros contenido que les provoca ensimismamiento, con tanto buzón abierto el viaje se convierte en paraíso para las moscas; el trayecto así se hace más corto, pero las mentes también. Pantallas en los móviles, cuellos contorsionados y dedos inquietos: imagen recurrente la de dos adolescentes, ella y él casi siempre, que comparten cascos mientras que juntos pero a kilómetros de distancia toquetean sus pantallas en una suerte de ejercicio de prestidigitación que también parece causarles una hipnosis beatífica.


Imágenes que no enseñan nada, bombardeo de colores y muñequitos. Imágenes que se suceden sin ton ni son, sin pegamento, sin que tengan la menor pretensión de movilizar hacia ningún lugar o idea.

Pantallas para asomarse al vacío, una oportunidad desperdiciada adrede de fomentar la curiosidad en las pausas de la vida cotidiana, esos tiempos muertos que todos obvian porque no tienen su reflejo en ninguna pantalla adoctrinadora que escupa historias que imitar.  

Última parada, pleno centro, por delante una tarde de clases preparatorias para la oposición. Las calles atestadas de comercios, cada uno con su ventana al vacío: mujeres imposibles vistiendo, usando, derritiéndose por productos más bien triviales. Hombres de perfección ortopédica esparciendo al aire su esencia de nueva masculinidad inalcanzable. Trastos que se presentan como la cúspide de la tecnología diseñada para la felicidad del consumidor sedentario. Música estridente y más colores, los mismos pero combinados con otro patrón. Al entrar en el centro de formación una apocada señorita de piel marmórea y actitud sumisa (imagen que asociaremos al sacrificio necesario para el estudio concienzudo y al posterior desempeño de la carrera de chupatintas) expone en su correspondiente televisor extraplano las ventajas de la academia en la que he puesto mis esperanzas para dejar de dar tumbos en la economía doméstica.

Me siento ante el ordenador. Por fin haré «algo» con una pantalla. Cuatro horas por delante para prepararme a saltar un obstáculo ante el que palidecería cualquier caballo del Grand National. A los pocos minutos ya estoy deseando llegar a casa, comer algo ligero y abrir un libro. «Son hermosas las pantallas en silencio», pienso.

Pasa el tiempo y por fin puedo presionar el botón de apagado del ordenador. Me preparo para desandar el camino jalonado de ventanas que miran a lo que no existe. Al salir a la calle noto su presencia, sus mensajes afilados intentando entrar en mi sistema. No lo resisto, meto la mano en la cartera, ahí está el libro, lo saco, lo abro y todos los ruidos se atenúan; suspiro y comienzo a caminar.

18 de noviembre de 2015

diminutillos

170.

No hace falta enemigo para pelear a la contra
Recuérdate niño que enfrentaba las olas
Mira hoy la espuma rota de de lo inhumano,
prepara las armas. Templa los años
y que otros crecidos insulten a la marea

14 de noviembre de 2015

diminutillos


169.

Cuando el pertinaz dolor infantil se despista
me dedico a la percepción certera
Cuando la confusión de no saber ser cercano
imagina una próxima esencia
o descanso de mi versión
de los parterres recién perfilados
me presento a escribir, hablar y respirar
con mi voz un futuro sin muerte

11 de noviembre de 2015

Sucumbir


Uno no puede aguantar siempre.

Hoy he comenzado a leer Los Detectives salvajes a pesar de que soy reticente a las obras elevadas a los cielos por recomendaciones recurrentes, al «¿no te lo has leído?» espetado en tono recriminatorio. Me apetecía leerlo, sin más. Uno se cansa de sus propias poses.

Al final comprendí por qué estaba pugnando mi estado de alerta. Mi angustia cicatera que, durante años, cumplió con eficacia su labor de ocultación. Acaté el peso de la evidencia: he estado viviendo la vida de otro. Uno se cansa de meter tripa para caber en pellejos ajenos.

Así que he decidido concederme la invalidez total para la competición y todo, de un día para otro, se ha transformado en un juego de normas difusas. Uno se cansa de la seriedad y de perseguir trofeos en los que ahogarse.

Acabé por borrar mi primer rostro de la lista de personas a complacer. Una especie de asesinato para despejar una agenda llena de citas inerciales. Desde entonces tengo problemas para reconocer quién es quién, pero, al contrario de lo que pudiera parecer, me siento más acompañado que nunca. Uno se cansa de hablar con máquinas de tabaco que estudiaron con él la carrera.

Ya disfruto de la indiferencia, de que todo me importe tres cojones. Y ha emergido una habilidad que desconocía: elegir después de haber pensado bien las opciones. Uno se cansa de «o nosotros o la extinción».

Por supuesto ahora acumulo problemas nuevos, no me siento más feliz y sigo sin tener ni idea de qué va a pasar mañana. Pero la angustia ahora me pide permiso para sentarse a la mesa.

No se debe aguantar siempre. Uno puede atender lo que dice su hartazgo.